martes, 10 de febrero de 2009

Requiescat in pacem, Tobias

Interrumpimos nuestra programación para dar una noticia de último minuto. Bueno, en realidad, una noticia de hace 3600 minutos. Después de 17 años de servicios a la vida, Tobías Gordillo pasó de este mundo al otro, y ahora juega en el Cielo y le lame las barbas al viejo y buen Dios.

Después de 17 años de vida activísima y de fregar la pita por aquí y por allá, la pregunta no es por qué murió Toby, sino por qué no se había muerto todavía.

Fuera de bromas, la razón de lo primero es bastante simple, en realidad: su desgastado corazoncito, diseñado para resistir unos 12 ó 13 años, aguantó 17 sin cansarse ni un segundo, tan solo al final; ya era hora, más bien, de pasar al modo stand-by.

La razón de por qué no se moría, esa sí no la puedo responder.

Tal vez lo hacía porque se daba cuenta de que aún necesitábamos de su compañía. Tal vez lo hacía le gustaba tanto estar con nosotros, que no veía razón para irse. Para mí, tuvo la delicadeza de morirse antes de que yo abandonara el nido para volar al sur en busca de nuevos pastos. Lo único que me brota ahora es la tranquilidad de que ya descansa en paz.

Ahora en el jardín de mi casa que tanto le gustaba, hay una nueva flor que marca el lugar donde desde ayer Toby duerme para siempre; no hay caso, él que siempre se orinaba encima de ellas, ahora no tiene más remedio que verlas crecer desde abajo. Pero desde arriba también, porque yo no sé del estatuto teológico de los animales, ni tampoco he leído sobre los novísimos de los perros (que nadie me critique por aquí por eso), pero tengo la ilusión de que al llegar al Cielo, el viejo Toby me reciba ladrando y moviendo la cola, y sonriéndome feliz para siempre. Al menos, tengo derecho a creer en mis ilusiones de vez en cuando.

Quiero terminar con un pasaje extraído del cuento de un viejo amigo. Recuerdo que me contó que lo envió a un concurso y lo estuvo preparando durante semanas, pidiendo opiniones, haciéndolo y rehaciéndolo, corrigiendo y borrando... y que a último momento se le ocurrió se hacer otro también, que escribió de una sentada y en media hora. Cosas de la vida, este último cuento suyo ganó el primer lugar, mientras que el que pongo aquí alcanzó solo una mención honrosa: cosas de la vida y de Dios, que a veces nos cambia los planes. Toby no iba a ser nuestro perro: en la caja en la que estaban él y sus hermanos, aún no sabemos qué nos hizo escoger a aquel negrito de pecho blanco en vez de alguno de los otros tres.

«[...] yo ya no lo escucho porque estoy llorando... llorando de alegría porque tú, querido amigo, tú estás en el cielo y algún día yo iré allá a ladrarte y lanzarme a tu cuello para lamerte la barba, cojo y todo brincaré entre las nubes moviendo la cola, mordiendo el aire perfumado y me echaré a tus pies para escucharte hablar de Dios y de la Virgen y de los santos... y sabré que la alegría ya nadie los la podrá quitar».(*)

Toby (1992-2009)

(*) José Manuel Rodríguez. «El doce es fiesta, monseñor». En: Comisión Episcopal de Apostolado Laical. Quinto centenario de la llegada de la fe al continente americano. Tercer concurso de cuentos. Lima: 1992, 61-66.

miércoles, 4 de febrero de 2009

«Ay, amor de hombre...» I

«Nadie tiene mayor amor
que el que da su vida por sus amigos».
Jn 15, 13
 
Cuando las circunstancias le propusieron a A. convertirse en uno de mis mejores amigos, seguramente se imaginó que tendría que dar la vida por mí en mayor o menor medida, lentamente o de porrazo, como Dios manda. Lo imaginó y le pareció bien. Pero lo que no leyó en las letras chiquitas del contrato es que algún día también tendría que sacrificar su reputación y poner en tela de juicio su estatus sexual... y ese es otro precio.
 
Estamos a 6 ó 7 de algo, que puede ser octubre o noviembre, no recuerdo (y ese, precisamente, es el problema: que no recuerdo). Eran las once y pico de la noche y salíamos con él de una reunión de trabajo... ah, mirá vos, justo era una reunión de la Caja del Amor. El buen A. se ofreció a llevarme en su auto hasta un punto más cercano a mi casa.
 
---¿Ya estás más tranquilo? ---me soltó apenas nos pusimos en marcha.
 
Eso fue porque aquel día mis principales preocupaciones no estaban por el lado de la Caja del Amor. Uno es de carne y hueso, ¿vio?, y por más solidaridad que reclame el mundo, cuando uno tiene un hueco en el corazón, lo tiene y punto. Y yo lo tenía.
 
---¿La verdad, la verdad? ---pregunté a mi vez.
---Sí.
---No.
 
Mi hueco tenía nombre, y se llamaba FI. Ese día la linda damita de la trastienda y yo habíamos discutido (no me miren así: sucede en las mejores parejas). Y como uno no es bruto gratis, la culpa había sido toda mía. Los hombres suelen ser un poco toscos, bruscos y bestias en el trato, y yo lo que tengo es que a mí mi mamá me parió bien hombre. Así que dos más dos son cuatro, y ese día a FI le tocó comprobar toda la suma.
 
---Anda, tranquilo ---me calmaba A.---. Ya mañana se le pasará y le pedirás disculpas.
---No, no es eso... lo que pasa es que... estoy cocinando algo.
 
Y ese fue el principio del fin. O el fin del principio, depende de cómo se vea.
 
Comencé a explicar mi plan.
 
---Mañana es nuestro aniversario. ---Me sentía como John Hannibal Smith, pero sin el puro en la boca.
---¿Mañana mismo?
---Bueno, en realidad en unos diez minutos.
 
Eran las 11:50.
 
---¿Y entonces...?
---Estoy pensando que si le compro un gran ramo de flores o algo así, y me aparezco en su departamento ahora mismo, se va a caer de espaldas del gusto y verá que lo siento en serio.
 
Entre las muchas cosas que tenemos en común, A. comparte conmigo ese romanticismo empedernido del que canta el Jerry Rivera que igualmente detestamos. Así que la emoción por la idea y el análisis de costo-beneficio fueron una sola cosa para él: un minuto después ya estaba dando la vuelta al auto y sonriendo con complicidad.
 
---¡Excelente, hermano! ¡Vamos, yo te llevo!
 
¿No digo que es buen amigo?: ¿quién lo acompaña a uno a la medianoche a comprarle regalos a la novia; quién se preocupa más que uno por que se arreglen las cosas con ella luego de una barrabasada de campeonato?; ¿quién lo lleva a uno en su propio auto para eso sin pedir nada a cambio?; y, por si fuera poco, ¿quién le presta el dinero a uno para para todo el asunto? Porque ese día por ser 6 ó 7 ---que ya dije que no recuerdo, y ese es el problema---, este huerfanito aún no había cobrado su exiguo sueldo de profesor, por lo que estaba más pobre que el guardarropa de Tarzán. 
 
No, si no hay nada que hacer: el amigo A. se portó fenomenal.
 
Y desde cierto punto de vista, ahí estuvo el problema.
 
(Tu bi continiu).