viernes, 15 de setiembre de 2006

Sopa de pollo

Cuando uno a media tarde comienza a sentir como que hace más frío del normal, pero a la vez siente mucho calor dentro de sí, intuye que algo puede ir mal. O eso o que ha tenido un mal día. Pero si luego al día siguiente uno ya tiene tanto frío que se comería diez velas encendidas, y ni aun así siente que mejoraría, entonces comienza a pensar que tal vez algo ande efectivamente mal. Y si durante todo el día se ha sentido tanto movimiento intestinal como para temer que nos busquen los de la Warner Bros. para hacer la cuarta parte de Alien, ya comienza la inquietud a asomarse un poquito. Y si, finalmente, cuando uno más tarde va al baño siente que está dejando irse todos los órganos internos de una sola vez, entonces ya puede darse el lujo de pensar : "Ajá: creo que algo anda  mal".
 
Pues esta ha sido la historia de este humilde posteador esta semana. Anteayer con una fiebre descomunal, y ayer, en cama casi todo el santo día. Y del estómago... ni hablar. Mejor no lo cuento por respeto al respetable. Solo digamos que si antes ya era flaco, ahora he observado que cuando le hablo a alguien, ese alguien se suele demorar un poco en descubrir quién le está hablando. Pero supongo que mejoraré.
 
La cosa es que cuando uno está así, que con solo ver la comida siente náuseas, que siente que cualquier cosa que coma sería un suicidio, pero que a la vez se muere de hambre, piensa: "¿Y ahora qué haré? ¿Qué será de mí?". Y entonces uno agradece que exista una cosa tal como la sopita de pollo.
 
Sopita de pollo,
sopita de pollo,
que para la comida
eres un rollo...
 
No lo sé. Yo para la poesía no soy muy bueno, ¿vio? Pero de que la sopa de pollo es buena, es buena; no hay duda. Y de que salva la vida, salva la vida.
 
Solo que ahora que se ha convertido en la piedra angular de mi dieta (bueno... en la única piedra), me pongo a pensar en que es un milagro de Dios que exista algo que un enfermo del estómago pueda comer sin que le haga daño. Hasta en eso pensó Dios cuando hizo el mundo, fíjense.
 
Fuera de bromas, ¿se habían puesto a pensar alguna vez en eso, en qué tan perfecto es el universo creado por Dios? ¿Sabían, por ejemplo, que si la Tierra estuviera tan solo un 10% más cerca del Sol, nos quemaríamos? ¿Y que si estuviera un 10% más lejos, nos congelaríamos? ¿Y que si la Luna estuviera un 20% más cerca de la Tierra tendríamos olas de casi veinte metros dos veces al día en casi toda la superficie del planeta? ¿Y que el agua tiene un comportamiento distinto del de los demás líquidos cuando se congelan, lo que permite que en los mares y lagos se congele solo la superficie y la vida siga existiendo debajo de ella? O fíjense en esto: la Tierra es algo así como una gran manzana. La parte sobre la cual vivimos es, en realidad, comparativamente más delgada que la cáscara de una manzana. El resto de la Tierra es, en buena parte, roca fundida, capaz de derretirnos con solo alcanzarnos. Por otro lado, sobre nosotros existen cosas como los rayos ultravioleta, y otras cosas capaces también de destruirnos. Y tanto del calor de debajo de la Tierra como del frío y de los rayos UV nos protege la atmósfera que, por si fuera poco, contiene la exacta proporción de oxígeno ---21%, ni más ni menos--- para permitir que los seres humanos podamos respirar, trabajar, salir con amigos, enamorarnos, reír de los buenos chistes y pasar un tiempo fenomenal. ¿Se habían puesto a pensar en eso?(1)
 
Yo, la verdad, de vez en cuando lo pienso. Y hoy que tomaba mi sopita de pollo en el almuerzo, pensaba en qué perfecto es el mundo creado por Dios, en el que incluso está previsto qué comerá el enfermo que, precisamente, padece de un mal por el que si come, empeora, pero si no, también. No, señores: para esos casos hay algo que se salva de la regla: la sopa de pollo. Bendito sea Dios... y benditos los pollos mártires.
 
 
(1) Datos tomados de Kennedy, James. How I Know There is a God. Citado en "The Universe - A Perfect Design by a God that Cares". Folleto editado por Project Truth. New Jersey: s. d.

miércoles, 13 de setiembre de 2006

Humildad 550 mg

Los que me conocen bien saben que soy un gruñón. Renegón, enfadoso, enojón... no sé cómo se diga en las otras variantes del español. Pero eso es lo que soy. Y, claro, uno se esfuerza por ir cambiando ---con mayor o menor éxito--- confiando en la gracia de Dios. En fin, es una de las cruces que me toca cargar, y tal vez algún día dejar. Pero la cosa es que es así, y no siempre me veo libre de estar calmado en ciertas situaciones. Y una de ellas era la época en que este humilde posteador fungió como sacristán en cierta capilla por mi casa. Y muy especialmente odiaba esa labor los días jueves, en que el padre K. exponía el Santísimo Sacramento y se sentaba luego a confesar, todo desde las 7:00 p. m. hasta las 8:30 p. m.
 
Con toda la franqueza del mundo lo digo: a mí me reventaba tener que alistar las cosas para esta actividad ---sí, hasta ese punto llega el engreimiento humano---. Y me reventaba por una razón muy sencilla: nunca podía tener las cosas a tiempo. Siempre era una correría salvaje en la que terminaba o bien con las justas o bien francamente retrasado. Una desgracia. Empezaba yo plácidamente, con tranquilidad, preparando las cosas para que la gente pudiera encontrarse con Dios; o sea, sobrenaturalizando mi trabajo. Lindo, ¿vio? Pero al final terminaba hecho una huaraca, a mil por hora, intentando simplemente tener las cosas listas y punto.
 
¡No saben cuántas cosas me inventé!: métodos, técnicas, cambios de horarios, pedir ayuda... La cosa es que a veces nadie podía ayudarme, y era el dolor de cabeza completo. Incluso me preparé una lista de acciones que debía cumplir para preparar las cosas, con tiempos incluidos. Sí, así de increíble:
 
-- De 5:45 a 5:50: pasar trapo limpio para sacar polvo del altar.
-- De 5:50 a 5:53: poner mantel blanco para el altar.
-- De 5:53 a 5:55: encender las velas para que se vaya reblandeciendo la cera. Luego: refilar (ver más abajo).
-- ...
 
Cosa curiosa: esa lista, que preparé para mí hace seis años, y tenía prendida con alfileres en el corcho de la sacristía, aún está ahí, y le sirve al actual sacristán que contrataron (luego de que vieron que contar con un voluntario era un total fracaso, je, je...).
 
La cosa es que a pesar de todos mis esfuerzos no llegaba a tener las cosas listas. Sin embargo, un milagroso día ocurrió. Yo no podía creerlo. Las lágrimas casi casi salían de mis ojos cuando a las 6:55 p. m. todo estuvo ya listo, a diferencia de las veces anteriores. ¡No cabía en mí de la sorpresa! Y entonces viene el padre K., se reviste, y sale a exponer el Santísimo, y luego se sienta a confesar. Muy satisfecho, salí de la sacristía, recé un ratito y me fui a hacer mis otras cosas.
 
Tal como decía mi horario, a las 8:10 estuve de vuelta en la sacristía. La exposición debía terminar 8:25. Normalmente a esa hora el padre K. se levantaba del confesionario y volvía a la sacristía por la capa pluvial y el paño de hombros, y  salía para el rito de reserva. A las 8:30 todo concluía, y se iba a su comunidad a comer mientras yo me quedaba ordenando las cosas... lo más rápido posible ---para variar--- porque tenía mil cosas que hacer.
 
Ese día sin embargo, el del cumplimiento perfecto de mi horario, el padre K. se comenzó a demorar. A las 8:25, al ver que no salía del confesionario, se encendió en mí la luz de alarma. Yo, por supuesto, ya tenía las cosas listas, y no concebía que me pudieran malograr mi día perfecto. Pero eran ya las 8:28 y el padre no terminaba de confesar. ¿Debía ir a pasarle la voz? ¿Se daría cuenta por sí mismo? Yo me impacientaba en la sacristía, pensando en la infinidad de cosas que tenía para hacer esa noche, cuya lista empezaba con la odiosa tarea de guardar todas las cosas que yo mismo había puesto un par de horas antes. Me desesperaba.
 
A las 8:30 el padre K. aún no volvía a la sacristía. Yo, que había estado ligeramente fastidiado, ahora estaba al borde de la furia. ¿Es que este cura no tiene consideración? ¡Claro, él se va a comer: pero no sabe la cantidad de cosas que tengo que hacer yo! ¡Qué tal raza!
 
A las 8:35 aún no llegaba. Y ahora sí que yo estaba en mi fase destructora. Ya vería cuando viniera. De todos modos le haría notar el asunto. Esto no se quedaría así: ¡me estaba malogrando mi día perfecto, el único día en que cumpliría mi horario!
 
A las 8:37 (lo recuerdo claramente) se apareció el cura en la sacristía. Con cara tranquila, plácido. ¡Y no: para nada apurado! Yo, por supuesto, ya había puesto mi carita aquella; algunos me la conocen. De pronto, mientras dejaba su breviario en la mesay se sacaba la estola morada, me preguntó sin mirarme, como quien no quiere la cosa:
 
---¿Qué hora es?
 
¡Ajá! ¡Ahí está! ¡Tu conciencia culpable te acusa, cura!  Lo sabía: eras consciente de la demora.
 
Yo no perdí tiempo, y le dije con cierto placer:
 
---Ocho y treinta y siete. ---Y me detuve a ver su rostro, a ver qué decía.
 
Y, sí, hubo una reacción. Abrió los ojos un poquito más, hizo de su boca un cero (así "0"), y movió los ojos hacia arriba, como un niño a quien lo sorprenden haciendo una travesura y sabe que lo único que le queda para evitar la masacre es hacerse el simpático:
 
---¡Ups, creo que se nos pasó la hora!
 
¡¿Que cómo dijo?! ¡¿Que se "nos" pasó la hora?! ¡Ah, no...! ¡Eso no! ¿Conque echándome la culpa a mí de que a él se le hubiera pasado la hora? ¡Eso sí que no! Este iba a ser mi día perfecto, y él lo arruinó, y ahora me venía con que también a mí se me pasó la hora? Eso sí que era el colmo de la desfachatez, y no lo íbamos a permitir. "¡Sacristanes del mundo, uníos!".
 
De inmediato levanté una de mis cejas, entorné un poco los ojos, ladeé la cara, y mirándolo con el rabillo del ojo, le dije con el tonito de voz que se pueden imaginar:
 
---¿Se "nosssss" pasó la hora, padre? Yo estuve aquí a tiempo...---y lo dije haciendo un énfasis descomunal en aquel "nos", dejando que la ese se prolongara en el espacio y formara como una serpiente que trepara de mi boca hasta su oído. Le tenía que quedar bien clarito.
 
Sin embargo, el que no entendía nada era yo. Porque su respuesta fue como un balde de agua fría. El perfecto cachetadón sin sangre:
 
---Sí, se nos pasó la hora: al Señor y a mí.
 
Y mientras el padre K. se terminaba de revestir para reservar, yo ---pequeñito y miserable--- buscaba desesperado la grieta más cercana para que la tierra me pudiera tragar sin más trámite.
 
Fuera de bromas, en serio que la humildad es una gran virtud. La humildad no consiste en humillarse o tirarse barro ante los propios méritos. Eso no sé qué es, pero de humildad no tiene nada. La humildad es andar sencillamente en la verdad sobre uno mismo. Es reconocer quién soy, con mis limitaciones y defectos, pero también con mis virtudes y cualidades. Es eso: la verdad purita sobre mí, sin disfraces ni tapujos. Es conocerme profundamente y mostrarme de ese modo a los demás, sin tener que ocultar nada ni a mí mismo ni a nadie, sin avergonzarme de nada, pues ya asumí que soy así, repito, con virtudes, cualidades, defectos y limitaciones.
 
Como toda virtud, es meta y camino a la vez: no se consigue de un día para otro.
 
Dicen que la humildad es el Bactrim de la vida espiritual porque cura todas las dolencias del espíritu, je, je... Y debe de ser así porque, efectivamente, sirve para todo. Hagan la prueba. Ese día recibí una fuerte dosis, claro está. Pero lo bien que me hizo. El inocente padre K. ---no tan inocente a veces--- me hizo ver con ternura, a la vez que con claridad y crudeza, quién era el centro de todo aquello: yo no trabajaba ni para mí ni para mi horario, sino para que el dulce Señor Jesús se pudiera encontrar con la gente que iría a verlo, en el confesionario y en la custodia. Ese día me devolvieron a mi sitio. Y qué bien que se sintió... aunque un rato después, claro.

viernes, 8 de setiembre de 2006

Tragedia cósmica en dos actos

El otro día hablaba aquí de las ocurrencias de los niños. Y eso me hizo recordar algo que me pasó hace tiempo. Recuerdos, recuerdos, recuerdos...
 
[1]
 
Un viernes de julio, 1999. Doce del mediodía. Salón de clases de cuarto grado de primaria. Cinco carpetas, pizarra, pupitre para el profesor y una puerta. Cinco niñitos se ocupan en distintas tareas. Bueno, en realidad, están ocupándose en distraerse, que es más o menos lo que han hecho todo el día. Solo que ahora sin remordimientos, porque es la hora del recreo, después del almuerzo. Cáscaras de naranja por aquí, por allá; envolturas de galletas, cajitas de refrescos... El joven profesor está sentado en su escritorio... concentradísimo en su tarea de latín. En la tarde tendrá clases en la universidad.
 
---¡Profesor, Daniel está llorando!
 
Kike levanta la cabeza. Le toma tiempo darse cuenta de dónde está. Pero, de pronto, el Imperio Romano cae hecho pedazos ante sus ojos, como un espejo que se rompe, y solo queda el rostro de Rosario, los ojos abiertos como platos, preocupadísima.
 
---¡Profesor, Daniel está llorando!
 
Sí, sí, ya había escuchado. Kike se levanta. ¿Qué habrán hecho ahora? Por lo menos una vez a la semana era la misma historia. Y, bueno, son niños...
 
Se acerca cautelosamente. Sabe que a los diez años de edad el "Fulanito está llorando" puede significar tranquilamente que a Fulanito le han sacado el ojo o le han volado un dedo. Cualquier cosa podía pasar. Pero había que tener fe. Tal vez la cosa no pintara tan feo.
 
En un rincón los demás niños hacían un círculo alrededor de Daniel... o lo que quedara de él. Kike se aproxima y echa un cauteloso vistazo. Gracias al Cielo, todo Daniel estaba aún ahí. Msssaver, dosojosmsssdospiernasmsssdosbrazosmmmsnsmsmdedosmsmsmms.... completo. Todo bien. Todo en su sitio. Aparentemente sería un caso de psicología simplemente. Kike sonríe: pan comido.
 
---¿Qué pasó, Daniel?
 
Daniel lloraba en silencio. Los niños a veces lloran a mares, escandalosamente, como cuando a un futbolista le hacen un foul cerca del área, que no duele... pero que es cerca del área. Entonces patalean y gritan como si les hubieran machacado un dedo con la puerta del Congreso. Entonces todos saben que no es así, que solo está queriendo llamar la atención. Pero esta vez Daniel lloraba en silencio, como si algo realmente estuviera mal. Kike, sagaz, advirtió esto pronto.
 
---Se rompió mi regla.
 
"¡Mi Dios del Cielo! ¿Y para eso me molestan?". Kike reprimió ideas fugaces que pasaban por su cabeza. Miró el reloj de reojo, pensó en la tarea de latín para las cuatro de la tarde; miró luego a Daniel, la regla rota...
 
Decidió calmarse. Psicología infantil: los niños no ven las cosas como nosotros los mayores. Hay que descender a su nivel. Hay que intentar ver las cosas como ellos. Hay que ponerse en sus zapatos. ¿De dónde sacaba Kike esa inspiración? No lo sabía, pero enhorabuena: aplicaría un poco de esto y otro poco de aquello, y con algo de suerte en cinco minutos volvería a aquella fábula de Fedro.
 
Primero que todo, lógico, hacerle sentir que le prestamos atención. Básico.
 
---A ver, Danielito, cuéntame qué pasó.
 
"Danielito": genial. Un detalle de ternura, escucharlo con atención... Kike estaba ganando puntos. Danielito arrancó con su historia mientras Gerardito, un metro más allá, miraba inseguro y de reojo: aún no decidía si era su culpa, y escuchó el relato con los ojos bien abiertos... asustado, más bien.
 
La historia era sencilla: acabado el almuerzo, Gerardo vino a invitarle sus galletas, a pedirle que le invitara una de las suyas, hicieron un intercambio, algo no salió bien, dame mi galleta, te di la mía, dame la tuya... Y, de pronto: ¡toma! Monsieur Danielou tomó su espada y asestó un amago de tajo en el pecho de Monsieur Geragdó. Este no se quedó atrás. Hábilmente esquivó el lance, y con una ágil voltereta llegó hasta su sitio y cogió, a su vez, su espada. Lady Rosary, la bella doncella inglesa, volteó la mirada para presenciar aquel duelo de galantes mosqueteros, que si bien no se peleaban por ella ---sino por una galleta---, le daba más o menos el feeling.
 
¡Chas! ¡Chas!, las espadas volaban describiendo arcos, parábolas, rectas y vuelos de saeta. Los intrépidos luchadores no se daban tregua. Monsieur Danielou sacaba chispas de su espada con sus feroces ataques al enemigo; monsieur Geragdó pintaba el aire de colores con la danza que su capa febril dibujaba en el aire con galanura y belleza. ¡Qué agilidad! ¡Qué dominio! ¡Qué emoción! ¡¿Qué niño no ha jugado nunca con su regla escolar a los espadachines?! ¡Zas! ¡Clin! ¡Plas! ¡Chas! Monsieur Danielou esquivaba las feroces avanzadas de su adversario, respondía con redoblada furia. Mientras tanto, a un costado, Lady Rosary suspiraba...
 
¡PAF!
 
Dos niños de diez años quedaron frente a frente mirándose en silencio. Uno de ellos sostenía en su mano una regla de treinta centímetros; el otro sostenía una de 17,3... los otros 12,7 yacían en el suelo, agonizando. Durante un instante fue el silencio, las miradas perdidas, la sorpresa. Luego fue la confusión, el llanto. Daniel se arrojó en su carpeta, hundió la cara entre sus bracitos y rompió a llorar en silencio; Gerardo se quedó parado a unos metros, debatiéndose entre el orgullo del vencedor y el pasmo del cómplice de un delito. Rosario fue a buscar al profesor.
 
---Ahora mi abuelita me va a pegar.
 
"Pegar" es el eufemismo que utilizan los niños peruanos para describir una carnicería doméstica. "Pegar" es cualquier cosa: desde un simple manazo hasta una azotaína completa con arma blanca (cinturón). Cualquier cosa. Kike mira a Daniel en silencio, y luego mira a los demás niños. Todos voltean a la vez a ver su rostro: él es el profesor, él sabe qué hacer, él solucionará el problema.
 
---Sí, claro...
---¿Qué dijo, profesor?
---No, nada, Rosario.
 
Kike toma aire.
 
---Ya, Danielito, tranquilo. No fue tu culpa. Fue un accidente. A todos nos pasa alguna vez. Yo también rompí reglas jugando a los espadachines.
---¡Pero mi abuelita me va a pegar!
 
Ujummm... interesante, mi querido Watson. Kike tiene un atisbo de lucidez: el problema no parece estar en el estatuto epistemológico del suceso; el punto parece ser la reacción que sigue a la acción, la desproporción de la medida de la justicia humana y el absurdo de la arbitrariedad. O sea, a Daniel no le interesa cómo se rompió su regla; lo que le preocupa es que la abuelita lo va a sonar.
 
---No le voy a decir nada a mi abuelita.
 
¡Ah, no! ¡Eso sí que no! ¿Mentiras aquí? ¿Estamos planeando una? Se podían meter con cualquier cosa, pero no meterán a Kike como cómplice de una mentira. Había que hacer algo y pronto.
 
---Daniel, eso no está bien. Yo creo que lo mejor es que le cuentes a tu abuelita qué pasó.
 
¿Y qué puede tener de raro una abuelita? Kike la conocía: es verdad, era un poco antipática; pero no era para tanto. Además, era mejor ir con la verdad ---dolorosa pero cierta---, antes que complicar las cosas con una mentira.
 
---Lo mejor es que vayas de frente donde ella y le cuentes todo. Dile: "Abuelita, se me rompió mi regla", y le cuentas cómo pasó. Además, no te va a pegar, estoy seguro.
 
¡Claro que no le va a pegar! ¡Hombre, estamos en pleno siglo XX! Somos personas adultas y razonables. De seguro esa buena señora apreciará que el nietecito le cuente francamente qué pasó.
 
---¿Usted cree que no me pegue?
---De hecho, Daniel. Tranquilo. ---Aquí aprovechó para tomarle la cabeza con la mano. Estaba inspirado---. Es más, a tu abuelita le va a dar más gusto que le cuentes la verdad. Y ella sabrá comprender. Los adultos somos así: es mejor conversar las cosas, hablar con sinceridad, dialogar.
 
Al decir las últimas palabras le puso la otra mano en el hombro y le acarició la cabeza con solidaridad. Poquito nomás: no hay que abusar. Daniel se va calmando.
 
No hay nada que hacer, Kike: te anotaste mil puntos. Te acabas de graduar. No solo tranquilizaste al pequeño; además, le has enseñado a amar la verdad, a andarse con franqueza en la vida, y le has mostrado el valor que tienen la sensatez y el diálogo en lugar de la violencia y la irracionalidad. Nada mal, nada mal... Si te vieran tus profesoras de la facultad... ¡Y eso que tu especialidad es secundaria, y no estos enanos de primaria!
 
Daniel se calma. Kike le seca las lágrimas con su propio pañuelo, detalle romántico que lo llena de orgullo (vamos, no es nada). Los demás niños sonríen aliviados. Gerardo también: prestó muchísima atención a aquello de "fue un accidente". Él también dormirá tranquilo hoy y el fin de semana. Kike no deja de advertirlo, y al pasar a su lado le da un golpecito amistoso en la cabeza. Bien jugado. Dos pájaros de un tiro. Nota mental: "Anotar en la agenda: 'Lunes: preguntarle a Daniel qué tal le fue con la abuela' ". Sí, el último toque de psicología: siempre preguntarle a la persona qué tal va aquel asunto. Demostrar interés. Otro gol.
 
Kike regresa a su escritorio. Ahora sí, a sumergirse en Fedro, su lobo y su cordero: Ad rivum eundem lupus et agnus venerant...
 
[2]
 
Un lunes de julio, 1999. Ocho de la mañana. Salón de clases de cuarto grado de primaria. Cinco carpetas, pizarra, pupitre para el profesor y una puerta. Cinco niñitos comienzan a entrar uno por uno al salón. Saludan al profesor y van a ocupar sus carpetas. El profesor está ocupado pensando en qué oración inicial hará ese día. Hay que encender la vela de la Virgen. ¿Entonaremos un cantito? ¿Quiénes se pelearán ahora por tomar la caja de fósforos y encender la vela?
 
El último en entrar es Daniel. Entonces a Kike le llega a la mente un recuerdo súbito. Ni siquiera tuvo que mirar su agenda. Simplemente recuerda el tema pendiente, las lágrimas de cocodrilo, la regla, la venganza de la abuela...
 
Es hora de completar la labor: "preguntarle qué tal va ese asunto". Debería haber estudiado Psicología y no Educación.
 
Se acerca a Daniel con una gran sonrisa.
 
---Hola, Daniel. ¿Y qué tal te fue el viernes con tu abuelita? ¿Le contaste la verdad? ¿Le dijiste que se te rompió la regla? ---Kike sonreía como un bombero retirándose de un incendio entre los agradecimientos de los dueños de casa: "Ea, no fue nada; solo hice mi trabajo".
---¡Sí, le conté! ---dijo sonriendo feliz. Daniel tiene una sonrisa maravillosa y pícara. Siempre parece provocarte con su sonrisa, como diciendo "A ver, cuéntame un chiste que no me haga reír porque todos me hacen reír". Y era cierto: todo le hacía reír---. Sí le conté.
---¿Y qué pasó? ¿Cómo reaccionó? ¿Te pegó acaso?
 
Daniel sonrió mucho más todavía cuando respondió.
 
---¡Sí! ---y mostró esta vez todos los dientes.
---¡¿En verdad te pegó?! ---La sonrisa de bombero se le había hecho cenizas.
---¡Sí! ---Daniel sonreía más: parecía que iba a comerse las orejas.
 
Kike estaba perplejo. ¿Y la franqueza? ¿Y la justicia? ¿Y el diálogo? Se sintió repentinamente desnudo... sin su traje de bombero.
 
Pero Daniel no había terminado su relato.
 
---¡Profe, pero mi abuelita me compró una regla nueva! ---Parecía que estuviera relatando cómo se fue de viaje a Disneylandia en vez de cómo lo masacró la abuela.
---¿En verdad?
---¡Sí, aquí está!
 
Sacó de su mochila una regla grande, de treinta centimetros. Y al hacerlo sonrió todavía mucho más, si aún me creen que alguien puede sonreír tanto. Este chico debía de tener algún problema maxilar.
 
---Me compró esta regla. ---Con la misma emoción hubiera mostrado un lingote de oro. 
---Sí, ya veo. ¿Y no te dijo nada más?
---¡Sí! ¡Esta vez me dio permiso para romperla!
 
Kike tosió. ¿Había escuchado bien? La sonrisa del niño parecía no dar lugar a equívocos.
 
---¡¿Cómo?!
---¡Sí, me dio permiso para romperla! ---Sí, sí, lo decía sin dejar de sonreír.
---Pero ¿cómo así?
 
Entonces Daniel entornó los ojos con gesto de malignidad, y enseñando los dientes y poniendo la voz ronca, llena de amenaza y rencor, imitó la voz de su abuelita a la perfección:
 
---Es que me dijo: "¡Y vas a ver lo que te pasa si la rompes de nuevo! ¡Rómpela, nomás...!" ---y luego volvió a la normalidad y dejó salir su sonrisa nuevamente.
 
[***]
 
Siete años después, me sigue sorprendiendo cómo Daniel mantenía su inconmovible buen humor a pesar de la tremenda azotaína que le cayó aquel viernes. Y es que era cosa de verlo, fíjense: ¡el tipo estaba feliz! Feliz como siempre solía estar. Y no miento: su sonrisa te alegraba el día todos los días. Cómo es, ¿verdad?: en serio los niños son como algo nuevecito recién llegado al mundo. No tienen malicia: no la han aprendido. No tienen rencor: no lo han aprendido. Daniel, a pesar de la tremenda zurra, seguía siendo el mismo niño alegre y feliz, y seguía confiando en la autoridad de su abuelita. Y, bueno, claro: con una abuela así yo tampoco me hubiera atrevido a desconfiar, je, je...
 
Fuera de bromas, con razón el Señor nos pidió ser como niños: personas sin malicia, sin rencores, capaces de volver a confiar en los demás, de entregarse y de sonreír siempre.

domingo, 3 de setiembre de 2006

FdB recomienda: La caja del amor

Pues sí, que en este humilde blogcito inauguramos una nueva sección: "Fuera de bromas recomienda". ¿Y de qué se trata? Pues, de avisos varios, como su nombre indica. Buscaremos avisar de cosas, sucesos, acontecimientos y demás que puedan ser útiles para todos. O para todos los que lean, al menos.
 
E inauguramos esta sección con un aviso que para este humilde posteador es muy especial. Un proyecto social que unos amigos y el que suscribe estamos llevando a cabo. Y paso explicar, porque me interesa que más gente se pueda sumar.
 
Se trata del proyecto "La caja del amor". Consiste en algo así como adoptar  a una familia por Navidad. Y lo vamos a llevar a cabo en Cerro de Pasco, una localidad de la sierra peruana en la que se puede encontrar un alto nivel de pobreza. De hecho, queremos buscar a familias bastante pobres de dicha localidad. La idea es empadronarlas en una lista que luego daremos a las personas que quieran participar en el proyecto aquí en Lima. Estas escogerán a una familia de dicha lista, y se encargarán conseguir y surtir una caja con artículos de primera necesidad para la familia beneficiada. Adicionalmente se puede poner en la caja otras cosas que se quiera regalar a cada miembro (como es Navidad... ya saben, regalitos);  esto último queda a voluntad de persona, grupo o familia que adopte a dicha familia. Al final, en diciembre, la idea es llevarles a esas familias de Cerro de Pasco las "cajas del amor" que la gente por aquí logró armar.
 
Pero no se trata de asistencialismo, ¿ven? Todos ya sabemos que el sentido de la Navidad no es ayudar al prójimo. El sentido es la celebración del nacimiento de la gran alegría de los hombres: el Señor Jesús. Así que cuando en diciembre llevemos las cajas del amor a las familias beneficiadas, no solo será eso, sino que les llevaremos también una celebración navideña como Dios manda, con comidita, juegos para los niños y música para compartir, es verdad, pero también con catequesis y una liturgia. La idea es recordarnos a todos cuál es el verdadero sentido de la Navidad.
 
Así que esa es la idea. Yo lo anuncio aquí porque me interesa que la gente que quiera participar pueda sumarse. Así que pido a los que estén interesados que se tomen el trabajito de hacer clic aquí y me envíen un correo (también pueden hacer clic aquí y ver mi dirección en el perfil, si usan correoweb). También pueden pasarle la voz a los que quieran. El procedimiento es el mismo: que me envíen un correo.
 
Lamentablemente ---por lo menos este año---, solo podrán participar en este proyecto las personas que se encuentren en Lima. Síp... una pena, hombre. Yo quisiera que todo el mundo participe, pero desde el extranjero es más complicado. Pero si ahí a algún extranjero se le ocurre una manera de ayudar, es bienvenido: mande correo.
 
O sea: FdB recomienda: que participes en la campaña. Así que, bueno, si vives en Lima ---sí, a ti te hablo--- y te interesa ayudar, pásame la voz y te doy detalles. Intermediarios abstenerse.
 
Fuera de bromas, es una excelente oportunidad para hacer concreto nuestro afán de ayudar. Y si ni siquiera tienes afán de ayudar, para recuperarlo. Y si nunca lo has tenido, para tenerlo. Y si no tienes ni idea de lo que estoy hablando, para tenerla. Dios tal vez te dé a ti un regalo esta Navidad.