Acaba de empezar el día cuando escribo esto. Dentro de algunas horas me ocurrirá lo mismo que hace un año: iré a un lugar repleto de gente y alguien me recordará que voy a morir. Alguien me recordará que soy de barro, que soy frágil y que no me sostengo a mí mismo. Que todo lo que estoy siendo, viendo y viviendo pasará, y que entonces todo tendrá tanto sentido como una calavera.
Un sacerdote embarrará sus dedos en un poco de ceniza mezclada con agua y marcará mi frente con una cruz. Tierra y agua. Técnicamente: barro. Barro que me recuerda que soy de barro. Barro hecho, además, con las cenizas de las mismas palmas que usé hace poco menos de un año para aclamar por la calle que el Salvador había venido por fin, igualito como quienes hace dos mil años cantaron hosannas a Jesús por las calles de Jerusalén para gritar tan solo una semana después "¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!". Casi casi a propósito para recordarme mi hipocresía y mi maldad.
Hoy miércoles empieza oficialmente la Cuaresma en la Iglesia católica. Empieza un tiempo de cuarenta días antes de la Pascua, que nos sirve para alistarnos a celebrar el acontecimiento más grande de nuestras vidas. Es un tiempo que nos sirve para recordarnos que nada de lo que vemos a nuestro alrededor es lo suficientemente importante como para definir nuestro destino. En cambio lo que hagamos con nuestra vida sí. Y basta mirarnos con un poco de franqueza para darnos cuenta de que ---aun sin grandes tragedias--- no necesariamente nuestra vida anda siempre bien encaminada.
"Polvo eres y en polvo te convertirás", me dirán hoy en la liturgia de imposición de la ceniza, rito con el cual se abre este tiempo. La frase me ayuda a darme cuenta de quién soy y hacia dónde camino, y a ver que lo que único que vale la pena en la vida, y a partir de lo cual se ordena lo demás, está arriba. Más bien, viendo arriba es que debo ordenar mi vida aquí abajo.
Reordenar la vida: de eso se trata la Cuaresma. En otra palabra: conversión. Volver a Dios. Y no me digas que no lo has abandonado.
Hoy no es obligatorio asistir a la liturgia de imposición de la ceniza. Pero vaya si ayuda. En cambio sí es obligatorio guardar abstinencia y ayuno. La abstinencia consiste en privarse de comer carne, de beber licor, de tener relaciones sexuales y demás cosas de las que nos podamos privar hoy para guardar la sobriedad del día. Para observar el ayuno basta con comer normalmente una sola vez al día; las otras dos comidas pueden ser un cuarto de la ración que normalmente consumimos. O, si se prefiere, nada.*
La Iglesia recomienda que en este tiempo nos impongamos espontáneamente otros días de abstinencia y ayuno. Cuantos queramos. ¿Cuál es el sentido? Pues el que dije: recordarnos que lo fundamental no está ni en la tierra ni en nuestro cuerpo; lo fundamental está en otro lado. Lo fundamental es Otro y nuestro encuentro con Él.
Para muchos de nosotros, católicos, quizá, pero que hemos olvidado ya tantas cosas desde nuestra primera comunión, mucho de esto nos debe sonar a medieval o a abuelita beata de misa de siete. Pues bien, en ese caso va este consejo: el mejor ayuno que puedes hacer en este tiempo es el ayuno del pecado. ¿Mientes mucho? ¿Sacas una tajada de cada monto de dinero que pasa por tus manos? ¿Le sacas la vuelta a tu enamorada? ¿Te gusta visitar esos sitios de Internet para cierto tipo de adultos? Pues dejar de hacer estas cosas ahora en Cuaresma es el mejor ayuno que puedes hacer. Y cuando acabe la Cuaresma renunciar a todas estas cosas te será más fácil: tu Cuaresma habrá tenido sentido porque te habrás convertido.
Hoy este blog no trae humor. Por sintonizar con el tiempo, ¿vio? En Cuaresma se nos invita a ser más sobrios. Sin embargo, sobriedad no es lo mismo que tristeza (denle una mirada a Mt 6, 16-18). Así que mañana (es un decir) todo volverá a la normalidad. Pero igual algo se nos ocurrirá para recordarnos a todos, aquí y allá, el tiempo en el que estamos.
El otro día que se nos mandará guardar ayuno y abstinencia es el viernes santo.
