miércoles, 19 de setiembre de 2007
Dónde está Dios
domingo, 2 de setiembre de 2007
Se sigue necesitando ayuda
Para las personas que me conocen, que conversan conmigo por privado, que siguen este pequeño blog o para las que simplemente leen noticias, es claro por qué no he posteado nada en este tiempo y por qué no lo haré. Las consecuencias del terremoto que azotó el sur de mi país siguen presentes, y no me siento para nada cómodo por ahora escribiendo humor cuando mucha gente necesita tantas cosas.
Los fines de semana he estado yendo a Chincha, una de las localidades afectadas por el sismo, y es mi intención seguir haciéndolo por un tiempo más. Y como entre los viajes y el trabajo no he tenido tiempo para más, me tomo la libertad de simplemente copiarles aquí parte de un mail que envié a un amigo hace unos días, luego de mi primer viaje. Les pongo, además, unas fotos. Me siento raro citándome a mí mismo, pero es pura falta de tiempo. Vamos allá.
Aquí, tal como te prometí, te envío algunas fotos de lo que fue estar en Chincha el fin de semana pasado. Fue una experiencia muy linda, pero atravesada también por el sentimiento de que queríamos hacer más, pero no se podía. Si bien había muchas donaciones, estas luego aparecían insuficientes ante el número de personas que necesitaba ayuda.
El viaje demoró muchísimo. Normalmente toma 3 horas llegar a Chincha. Pero por el terremoto la carretera se partió, y hubo momentos en que solo se podía avanzar por un carril. Se formaban filas interminables de autos. Nos tomó 6 horas llegar.
Chincha no fue el lugar más afectado por el terremoto. El lugar más destruido fue la provincia de Pisco. Ahí el nivel de destrucción llega al 80 %, y se cayó todo: viejo, nuevo, de material precario o noble... todo. Así que la mayor parte de la ayuda va para allá. Sin embargo, hay provincias que no están tan destruidas, pero en las que algunos de sus habitantes también han perdido casas y familia, y no reciben ayuda. A ellos estamos llegando nosotros. Todas las fotos que te mando son de ahí, de Chincha. Igual había casas que se cayeron y mucha destrucción.
Fuimos cerca de 400 personas todo el fin de semana, y pudimos ayudar a mucha gente. En el video del que te avisé aparece el número de gente a la que ayudamos. Yo hasta ahora no lo puedo creer. Pero la verdad también es que hubo muchos lugares a los que no pudimos llegar, además de que cuando llegabas a un lugar, lo que creíamos que era mucha ayuda se hacía nada. La gente nos pedía víveres, que era lo que se les terminaba y no tenían dónde comprar. Y tan solo nos alcanzaba para dar muy poco a cada uno, pues se hacían filas infinitas de gente.
Yo no tengo una foto de eso, pero hay una escena que se repetía por todos lados y me impactó: muchos parques de distintos pueblos llenos de espirales y espirales de gente haciendo fila... detrás de un solo camión.
Afortunadamente el ejército había llegado apenas unas horas antes que nosotros, y había logrado controlar la situación de caos que hubo la noche anterior: asaltantes armados, bandas, saqueos... era horrible. Para cuando llegamos, la situación estaba controlada y ordenada. Más bien conmovía ver cómo la gente se ordenaba para recibir la ayuda, ella misma (la gente). Entre ellos se llamaban al orden, y no pocas veces, incluso, algunas personas en pueblos maltratados y pobres nos decían: "Vayan también más allá, al otro pueblo: ellos están peor que nosotros". El corazón humano es misterioso, pero lleno de nobleza en circunstancias como estas.
Y el agradecimiento de la gente también era muy cálido y especial, conmovedor. Te partía el alma ver cómo querían decirte mucho más de lo que con torpes palabras y apretones de manos alcanzaban a pronunciar.
Nos repartimos en varios grupos, y al mío le tocó visitar unos tres pueblos en esos dos días, así como descargar camiones, clasificar donaciones, cargar buses y repartir cosas.
En verdad aprendí mucho más acerca de lo que significa la solidaridad en esta experiencia. Al final de todo hicimos una brevísima oración (ya era hora de ir a casa) y apenas si la concluimos con un padrenuestro... pero fue uno de los padrenuestros más sentidos que recé en toda mi vida.
Todavía hay muchísimas cosas por hacer, amigos. Por mi parte seguiré yendo algunos fines de semana y si alguno quiere ir también de voluntario, avíseme con un correo. Si alguien quiere ir pero no puede, también hay formas de colaborar; por ejemplo, hay muchos que tienen toda la voluntad de ir pero no pueden costearse el pasaje. Tal vez podamos hacer una suerte de simbiosis. Si alguno quiere ayudar de otra manera, también avíseme y le daré los números de cuenta de Cáritas del Perú o de su país. A todos, sin embargo, les pido: ayúdennos con sus oraciones.
Gracias por pasar por aquí.
sábado, 18 de agosto de 2007
Ayuda urgente
Como muchos de ustedes ya saben, mi país ha sido azotado por un fuerte terremoto: 7,9 en la escala de Richter. En mi localidad han muerto tres personas, y muchos se llevaron el susto de su vida. Gracias a Dios, mi familia y yo estamos bien, por si a alguien le interesa.
Pero el problema no está aquí. El problema está al sur. Chincha, Pisco, Ica y otras ciudades al sur de Lima (a apenas dos horas y media) están destrozadas. Se habla de un 80 % de destrucción. Las cifras oficiales van contando (hasta hoy en la mañana) 510 muertos, 1500 heridos, 16 mil casas derrumbadas y 85 mil damnificados.
¿Que por qué Dios manda estas cosas? ¿Por qué estas pruebas? No, no hablemos pavadas. Dios no prueba a nadie (St 1, 13). El mal en el mundo ocurre por diversidad de causas: el pecado propio, el pecado ajeno, la autonomía de las realidades creadas (léase "leyes de la naturaleza") y por lo que en teología se llama mysterium iniquitatis (un tema algo complejo). Ningún acontecimiento objetivamente malo puede venir de Dios, ni siquiera como una prueba a nuestra fortaleza (que sería ---todo hay que decirlo--- un disparate).
Que Dios quiera aprovechar una situación objetivamente mala para sacar de ella algo bueno es otra cosa muy diferente. Dios saca bienes de males, y por eso a veces nos da la impresión de que él manda los primeros.
Cosa también distinta es cuando sufrimos algo que creemos que es algo malo ---por nuestros caprichos, planes, prejuicios, etc.--- cuando en realidad es algo bueno. Que algo sea doloroso, por ejemplo, no implica que sea malo, como ya me esforcé por decir por aquí muchas veces.
domingo, 12 de agosto de 2007
Las maquinarias de la alegría*
Bueno, como por ahí algunos me andan pidiendo fotos y anécdotas del reciente viaje, vamos a dejar un par de cosas para que no molesten. Oops, ¿estamos al aire? Ejem...
Nah, pensé que sería simpático contarles algunas cosas de cómo me fue por allá. Comienzo por contarles una buena que, a su vez, me contaron. Resulta que en EE. UU. (y seguramente en otros países también) hay unas máquinas maravillosas que te cambian los billetes en monedas. Digamos que uno pone un dólar, y la máquina te devuelve cuatro monedas de 25 centavos. ¡Una maravilla! En mi país, para hacer eso debes hacerte amigo del bodeguero, del periodiquero de la esquina o sonreír de modo muy especial a algún vendedor ambulante que esté a tiro. Y generalmente recibes una expresión de odio a cambio. En fin.
Ocurre que un día fui a "hacer la lavandería", como decían por allá, frase coqueta que los que aún no tenemos el lenguaje pervertido seguramente cambiamos por "lavar ropa".
A este lugar fui. ¿Ven esas máquinas ahí dentro? Me quedé fascinado: con ellas, en un tiempo relativamente corto ya tienes todo hecho. Simplemente añades a tu ropa el detergente y algunas monedas, y las sacas sequita y preplanchada en tiempo récord.
En fin, la historia que me contaron tiene que ver con estas máquinas, y con un recién llegado a dichas tierras septentrionales. (¡Juro que no se trata de mí!). Ocurre que este sujeto acababa de llegar a los Yunaites, creo que a vivir. Y a su primera experiencia con una lavandería acudió acompañado de todos sus amigos. Naturalmente, estos se cuidaron muy bien de no explicarle nada sobre cómo funcionaban las cosas en una lavandería, pues haciéndolo así se aseguraban de que fuera a haber show. Y lo hubo.
Cuando uno no lleva detergente, suavizante ni ninguna de esas cosas, hay unas máquinas en las que se pueden adquirir por unas monedas, como si de dulces se tratara. Las más antiguas necesitan que el cliente discrimine las monedas: hay un pequeño cajoncito con ranuras especiales para las de 5, para las de 10 y para las de 25 centavos. Uno debe acomodarlas donde corresponda y luego empujar el cajoncito. Con eso basta.
Nuestro ignaro amigo había ido a "hacer el londri" con pocas monedas sueltas. Pero con muchos billetes, eso sí. Y cuando descubrió aquella máquina de la que les hablé primero, la que cambia billetes en monedas, abrió los ojos como dibujito japonés, visiblemente emocionado. Rápidamente colocó varios billetes ---muchos billetes--- uno tras otro, y se maravilló viendo cómo la máquina le devolvía monedas, muchas monedas.
Emprendió su lavado, feliz.
Solo cuando terminó de lavar toda su ropa se dio cuenta de su error: estaba lleno de monedas. No era el plan haber ido a la lavandería con billetes y regresar con una enorme bolsa de monedas. Seguramente algo debía de poder hacerse. Y de pronto su mirada recaló en la máquina que estaba justo al lado de la que cambiaba los billetes por monedas. Aquella no tenía una ranura delgada y larga para billetes, como la anterior; esta, más bien, tenía varias ranuritas para las monedas, y una larga bandeja debajo.
Nuestro amigo aplicó una lógica impecable: "Si en esta máquina pongo billetes y me salen monedas, es evidente que esta otra es para poner monedas y que me den billetes... ¡Los gringos piensan en todo!".
Ya se lo imaginan, ¿verdad? El novel inmigrante vació sus bolsillos de las decenas de monedas que tan alegremente había conseguido una hora antes, y se apresuró a llenar con ellas todas las ranuras de la vieja máquina. Todas. Y feliz, claro.
No se dio cuenta, sin embargo, de que esta máquina era un poco más grande que la anterior, y tampoco se dio cuenta de que tenía pegados varios stickers de marcas como Tide, Clorox, Downy... Porque, como usted ya habrá advertido, avisado lector, la máquina en la que nuestro amigo volcaba todas sus monedas, cargado de ilusión, no era una máquina sencillera; era una máquina expendedora de detergente. No, no se dio cuenta.
Por eso nuestro héroe nunca entendió por qué, luego de que hubo vaciado sus bolsillos y atiborrado la máquina de monedas, y luego de que empujara el cajoncito con todas sus fuerzas, la máquina comenzó a arrojar muchos pero muchos sobres de Tide, Bleach, Downy y cuanta cosa tuviera dentro, tratando de cumplir con el formidable saldo que le habían puesto. Decenas y decenas de sobrecitos de detergente, suavizante, blanqueador y miles de cosas más comenzaron a caer por la gran bandeja de abajo, y ni rastro de los billetes que nuestro camarada esperaba encontrar.
¿Y él? Ni pío. ¿Creen que dijo una palabra de lo que pasó?
Sus demás compañeros ---me contaron--- no se percataron de nada salvo un buen rato después, cuando, preocupados porque no lo veían, comenzaron a buscarlo por todo el lugar. Lo encontraron un rato después, inmóvil junto a la máquina expendedora de detergente, mudo, triste y avergonzado, como niño a quien sorprenden tras haberse orinado en clase. ¡Y no les quería contar qué había pasado!
Supongo que cuando los vio, les debió de haber preguntado: "¿Alguno necesita detergente? Pídanme con confianza".
Fuera de bromas, esta anécdota me hizo reír como no se imaginan. La persona que me la contó es J., quien fuera uno de mis mejores amigos en el colegio, y a quien tuve la gran alegría de volver a encontrar al estar de visita cerca de su casa en cierta ciudad neoyorquina.
El amigo J. se fue pa'l norte unos años después de salir del colegio, y desde ahí no lo había visto. La ternura de Dios me regaló el hermoso detalle de encontrarme con él luego de tanto tiempo. Paseamos, comimos, bebimos, nos perdimos, hicimos bromas y recordamos los viejos tiempos y los viejos chistes. Incluso casi nos morimos juntos... pero esa es otra historia.
Realmente la amistad es un don hermoso de Dios al hombre. Y lo más bonito de todo, es que se puede perfeccionar. Tan solo vi dos veces a J. en mi viaje; pero confío en que el correo electrónico y el chat puedan hacer maravillas para acrecentar nuestra amistad. Salud por eso.
Aquí les dejo otra foto. ¡Es mi ropa interior, qué más quieren! Si se esfuerzan bien, podrán verme por ahí en esta última.
* Para el que tenga cierta culturita no pasará inadvertido que el título de este post algo industrial le debe todo a Ray Bradbury.
