lunes, 26 de julio de 2010

No somos nada, compadre

ironía. (Del lat. ironīa, y este del gr. εἰρωνεία). Consiste en que cuando vas a ver a uno de los mejores traumatólogos de la ciudad porque de pronto te duele mucho el meñique y no puedes ni doblarlo, luego de que te ordena radiografías y ciertos cuidados, al despedirse te da tal tremendo apretón de manos que te hace ver a Judas calato.*

---¡Ayyy!
---¡Uy, verdad! Disculpe. ¡El siguiente...!
 
Fuera de bromas, benditos apretones de manos que nos da a veces el Señor para recordarnos que cuando somos de barro, polvo que al polvo volverá, y que para ser felices necesitamos de Él. Estar completamente en las manos de Dios: ¿por qué hay gente a la que esto le parece tan peligroso? Mucho Nietzsche y poca sensatez: ¿no es acaso las manos de Dios el mejor lugar para estar? Y luego dedicamos toda la vida a buscar un lugar igual.
 
 
*Calato(a): peruanismo para desnudo. Ver a judas calato  es una expresión muy peruana que significa sufrir un dolor físico indecible.

martes, 15 de junio de 2010

¡Cazado!



Por la gracia de Dios y de Santa María, sí.

Y, nada, que este humilde huerfanito ya no lo es más; ahora tiene su media mitad, su otra naranja o como se llame. Por la gracia de Dios y de Santa María.

En fin, publico esto para que nos feliciten, apenas un día después de una fecha muy especial para mi esposa y para mí (Dios sabe por qué).

Por cierto, esos que parecen muñequitos de torta somos nosotros: la del vestido blanco era la damita de la trastienda; "era", porque ahora es la señora damita de la trastienda. El de negro soy yo.

¡Salud! ¡Hay champán para todos!

sábado, 1 de mayo de 2010

Porque "nadie duerme en la carreta..."

A unas pocas horas del momento más importante de mi vida, me llama el querido amigo E. para preocuparse por mis nervios, tranquilizarme y darme calma y serenidad, y...
 
Ah, perdón, ¿cómo? ¿Que qué momento más importante de mi vida? Ah, no, nada, una cosita de nada: simplemente que en exactamente cinco horas y media estaré contrayendo matrimonio con la damita de la trastienda en una iglesia que repite el dulce nombre de mi Señor, en Surco (¿o era San Borja?). Simplemente eso.
 
Gracias, gracias, ya pueden dejar de aplaudir.
 
Y, bueno, que me llama el querido amigo E. para preocuparse por mis nervios, tranquilizarme y darme calma y serenidad, y tiene lugar el siguiente diálogo.
 
---¿Y? ¿Cómo estás? ¿Todo tranqui? ---me pregunta.
---Ahí, sí, más o menos. Me preocupa que todavía hay un par de cosas que me falta hacer.
---Tranquilo, hermano, ya no es hora de preocuparse. Ahora debes ser todo calma. Vamos, respira: inhala... exhala... inhala... exhala...
---Se, se...
---¿Y FI cómo está?
---Ah, ella sí está peor : todavía no tienen su vestido listo.
---¡¿Qué?! ¡¿A menos de un día del matrimonio?!
---Tranquilo, hermano, ya no es hora de preocuparse. Ahora debes ser todo calma. Vamos, respira: inhala... exhala... inhala... exhala...
 
En fin, estas cosas pasan, sobre todo a horas de contraer un sacramento que me disolverá en la muerte... perdón, que solo se disolverá con la muerte.
 
Fuera de bromas, estoy muy feliz. El Viejo y Buen Dios nos encomienda a FI y a mí la delicada labor de enseñarle a toda la humanidad cómo Cristo ama al hombre. De eso se trata el matrimonio, signo del amor de Cristo por la Iglesia: es un amor esponsal, caritativo y erótico a la vez, que diría el Santo Padre.
 
Dicen que con cada matrimonio la Iglesia pierde una virgen pero gana un santo: recen todos por mí y mi novia, para que los dos seamos santos.
 
 
Update:  acabo de bajar a tomar desayuno y mi mamá me agarró a golpes felicitándome  por mi futuro matrimonio, ¡jo! ¿A dónde iremos a parar?

sábado, 17 de abril de 2010

¿Los curas gays deberían adoptar niños?

Tengo una revelación que sé que sorprenderá a mis cuatro lectores: este blog nació con la intención de ser humorístico. Por supuesto, humorístico-religioso. Yo sé que por pura culpa mía lo primero no se nota, pero no me preocupo. Como me queda claro que Dios me escogió para hacerlo no por mis inexistentes méritos literarios sino vaya uno a saber uno por qué, estoy tranquilo porque entonces la cosa del humor es problema suyo, no mío. Naturalmente, no por eso dejo de hacer mi esfuerzo para ver cómo puedo escribir cosas graciosas por aquí y por allá de vez en cuando, pero eso es otro tema. Por eso, cuando por ahí leyendo encontré a alguien que me hizo reír mucho y que al mismo tiempo dijo las cosas mejores que yo, sonreí satisfecho, porque me aligeró el trabajo.

Estoy harto de la apestosa y grosera (realmente grosera) campaña que la progesía del mundo mundial (liderada por el The New York Times) está lanzando contra los sacerdotes, el Papa y la Iglesia en general. Así que los dejo con un artículo muy gracioso que pone los puntos sobre las íes. Siento mucho que esté en inglés; si alguien se anima a traducirlo, le hará un favor a la humanidad.

El artículo lo tomé de aquí. La autora es Ann Coulter, y la reproduzco aquí no por alguna filiación política con ella sino porque dice las cosas claras. Por cierto, si están de acuerdo, los invito a unirse a un grupo creado en Facebook para decir la verdad sobre el auténtico sacerdocio católico: tenemos que hablar fuerte y claro sobre la dignidad de nuestros curas. Lo encuentran aquí.

Ya, mucho floro. Aquí el artículo de la Coulter.

Should gay priests adopt?

Despite the growing media consensus that Catholicism causes sodomy, an alternative view ---adopted by the Boy Scouts--- is that sodomites cause sodomy. (Assume all the usual disclaimers here about most gay men not molesting boys, most Muslims being peaceful, and so on.)

It is a fact that the vast majority of the abuser priests ---more than 90 percent--- are accused of molesting teen-age boys. Indeed, the overwhelmingly homosexual nature of the abuse prompted The New York Times  to engage in its classic "Where's Waldo" reporting style, in which the sex of the victims is studiedly hidden amid a torrent of genderless words, such as the teen-ager, the former student, the victim  and the accuser.

Meanwhile, no spate of sex scandals is engulfing the Boy Scouts of America. Inasmuch as the Boy Scouts were not taking risk-assessment advice from Norman Mineta, they decided to eliminate a whole category of potential problems by refusing to allow gay men to be scout leaders. Perhaps gay scout leaders just really liked camping. But it was also possible that gay men who wanted to lead troops of adolescent boys into the woods were up to no good.

For their politically incorrect risk-assessment technique, the Boy Scouts were denounced as troglodyte bigots in all outlets of appropriate liberal opinion. Cities and states across the country dropped their support for the scouts. The United Way, Chase Manhattan Bank and Textron withdrew millions of dollars in contributions.

And hell hath no fury like a New York Times  editor spurned. The Times denounced the Supreme Court decision merely permitting the Boy Scouts to refuse gay scoutmasters as one of the court's "lowest moments." The Times "ethicist" advised readers that pulling their sons out of the Boy Scouts was "the ethical thing to do."

Since liberals categorically reject the notion that homosexual conduct is often correlated with homosexuality, they have responded to the gay sex abuse crisis in the priesthood by blaming Catholicism. In particular, liberals have identified the church's celibacy requirement as the root of the problem.

There is absolutely no logic to this theory. It is nothing more than liberals reacting to the concept of sexual restraint like The Exorcist's  Linda Blair did to holy water. If they had succeeded in turning the Boy Scouts into a gay rights re-education camp, we'd be reading that camping causes sodomy now.

Even in the midst of the Catholic Church's current scandals ---including decades-old cases--- the Catholic clergy has about the same percentage of perverts as the Yale faculty. There are more than 45,000 priests in America and, so far, 55 exposed abusers. There are 836 tenured professors at Yale, and one proved child molester -- convicted just last month.

That's still a higher percentage than the Boy Scouts, but the point is: It's not going to be easy to blame celibacy.

Moreover, when did celibacy become a gay-magnet? It may lack the Boy Scouts' direct approach, but the church isn't exactly passing out Liza Minnelli posters by demanding sexual abstinence.

Most stunningly, if celibacy is to blame, this is a show-stopping, Nobel Prize-winning discovery overturning years of liberal claptrap. In all other circumstances, it is punishable by death to suggest that sexual behavior is not determined at birth or that gays can be "cured." Now liberals are hawking the idea that gay priests could have been cured by marriage!

It's nice to see liberals becoming such big marriage-boosters. Too bad their newfound respect for marriage ---an eminently dissolvable agreement, rescindable by either party without cause or notice--- is limited to gays and priests.

Blaming celibacy is not only contrary to various liberal dogmas, but contrary to all known evidence about any vice. Total avoidance, not limited temptation, is the only hope for controlling weakness. Alcoholics cannot have a drop of alcohol. Former smokers cannot have just one cigarette. Problem gamblers must avoid the racetrack.

Only in the case of sex do liberals refuse to countenance abstinence. Small doses of sex are supposed to provide a needed "release." The "release" theory is disproved every time a child molester's home is searched, invariably unearthing enormous stockpiles of child pornography. None of this ever gives liberals pause. Celibacy is always bad, sex is always good.

The Catholic sex scandals have also prompted liberals to drop their demand that no discussion of a crime occur until there has been a final conviction proved to a jury beyond a reasonable doubt after a full trial. We had witnesses, gifts, phone records, White House logs and taped evidence on Bill Clinton. But still NBC's Matt Lauer shouted "Allegedly! Allegedly!" at any suggestion that Clinton had, in fact, had sexual relations with "that woman."

Indeed, most of the allegations against the priests do not even constitute "sexual relations" on the Democratic Party's definition.

At least we finally have The New York Times  on record opposing sexual activity between men and boys. Evidently the only men the Times  thinks should not be fondling teen-agers are those who purport to believe in God.

lunes, 5 de abril de 2010

Resurrexit sicut dixit!



Resucitó
tal como nos había dicho.
Él, que es siempre fiel
a su palabra,
que nunca falla,
una vez más
lo demuestra:
resucitó
como había dicho.

¿No tendrá también el poder
y la honestidad
de cumplirte
lo que te prometa?
Haz la prueba:
pídele algo
o, mejor aún:
acógete a lo que ya prometió:
te vas a ganar.

Feliz Pascua de Resurrección
en el Resucitado.

(Como regalo los dejo con Rubens, que también siempre cumple).

domingo, 28 de febrero de 2010

Solidaridad

Hoy este blog abandona por un momento su habitual estilo. Lo mismo pasó hace tres años y, lamentablemente, por el mismo motivo.
 
Probablemente muchos de mis cuatro lectores no sepan qué es un sismo. Quien escribe pertenece a un selecto grupo al que se le ha conferido el dudoso privilegio de saber qué es uno. Por eso cuando leo "ocho coma ocho", yo sé lo que es eso. A Dios gracias, no lo he experimentado (el récord del que ---me oiga Dios--- nunca espero pasar ha sido cinco y pico); sin embargo, sé lo que es eso.
 
Por eso hoy no me queda otra que asegurarle a mis hermanos chilenos que rezo por ellos (no es mentira; lo hago), y pedir oraciones por ellos también.
 
Y en solidaridad, me animo a dirigir a los cuatro lectores de este blog a un artículo que reproduje por aquí en aquella ocasión, publicado en otro medio. Lo leen aquí. Es para que nadie me venga con estupideces sobre el abandono de Dios y el castigo y tonterías por el estilo. Es fácil llenarse la boca de palabras cuando se cae el techo. Lo difícil es hablar correctamente.
 
Salud, y fuerza, hermanos chilenos.

jueves, 7 de enero de 2010

Refrito (para seguir con los niños)

Considerando:
 
1.- Que es mi blog y puedo hacer en él lo que me dé la gana.
2.- Que no tengo tiempo.
3.- Que me gusta el post.
 
Resuelvo (contra mi costumbre):
 
Publicar un refrito que me gustó mucho
cuando lo publiqué por primera vez.
Total, es para seguir con la onda
del último post antes de Navidad,
para seguir con la onda niños, ¿vio?
Total, de eso se trata la Navidad:
de un Niño.
 
 
***
 
El otro día hablaba aquí de las ocurrencias de los niños. Y eso me hizo recordar algo que me pasó hace tiempo. Recuerdos, recuerdos, recuerdos...
 
[1]
 
Un viernes de julio, 1999. Doce del mediodía. Salón de clases de cuarto grado de primaria. Cinco carpetas, pizarra, pupitre para el profesor y una puerta. Cinco niñitos se ocupan en distintas tareas. Bueno, en realidad, están ocupándose en distraerse, que es más o menos lo que han hecho todo el día. Solo que ahora sin remordimientos, porque es la hora del recreo, después del almuerzo. Cáscaras de naranja por aquí, por allá; envolturas de galletas, cajitas de refrescos... El joven profesor está sentado en su escritorio... concentradísimo en su tarea de latín. En la tarde tendrá clases en la universidad.
 
---¡Profesor, Daniel está llorando!
 
Kike levanta la cabeza. Le toma tiempo darse cuenta de dónde está. Pero, de pronto, el Imperio romano cae hecho pedazos ante sus ojos, como un espejo que se rompe, y solo queda el rostro de Rosario, los ojos abiertos como platos, preocupadísima.
 
---¡Profesor, Daniel está llorando!
 
Sí, sí, ya había escuchado. Kike se levanta. ¿Qué habrán hecho ahora? Por lo menos una vez a la semana era la misma historia. Y, bueno, son niños...
 
Se acerca cautelosamente. Sabe que a los diez años de edad el «Fulanito está llorando» puede significar tranquilamente que a Fulanito le han sacado el ojo o le han volado un dedo. Cualquier cosa podía pasar. Pero había que tener fe. Tal vez la cosa no pintara tan feo.
 
En un rincón los demás niños hacían un círculo alrededor de Daniel... o lo que quedara de él. Kike se aproxima y echa un cauteloso vistazo. Gracias al Cielo, todo Daniel estaba aún ahí. Msssaver, dosojosmsssdospiernasmsssdosbrazosmmmsnsmsmdedosmsmsmms.... completo. Todo bien. Todo en su sitio. Aparentemente sería un caso de psicología simplemente. Kike sonríe: pan comido.
 
---¿Qué pasó, Daniel?
 
Daniel lloraba en silencio. Los niños a veces lloran a mares, escandalosamente, como cuando a un futbolista le hacen un foul  cerca del área, que no duele... pero que es cerca del área. Entonces patalean y gritan como si les hubieran machacado un dedo con la puerta del Congreso. Entonces todos saben que no es así, que solo está queriendo llamar la atención. Pero esta vez Daniel lloraba en silencio, como si algo realmente estuviera mal. Kike, sagaz, advirtió esto pronto.
 
---Se rompió mi regla.
 
«¡Mi Dios del Cielo! ¿Y para eso me molestan?». Kike reprimió ideas fugaces que pasaban por su cabeza. Miró el reloj de reojo, pensó en la tarea de latín para las cuatro de la tarde; miró luego a Daniel, la regla rota...
 
Decidió calmarse. Psicología infantil: los niños no ven las cosas como nosotros los mayores. Hay que descender a su nivel. Hay que intentar ver las cosas como ellos. Hay que ponerse en sus zapatos. ¿De dónde sacaba Kike esa inspiración? No lo sabía, pero enhorabuena: aplicaría un poco de esto y otro poco de aquello, y con algo de suerte en cinco minutos volvería a aquella fábula de Fedro.
 
Primero que todo, lógico, hacerle sentir que le prestamos atención. Básico.
 
---A ver, Danielito, cuéntame qué pasó.
 
«Danielito»: genial. Un detalle de ternura, escucharlo con atención... Kike estaba ganando puntos. Danielito arrancó con su historia mientras Gerardito, un metro más allá, miraba inseguro y de reojo: aún no decidía si era su culpa, y escuchó el relato con los ojos bien abiertos... asustado, más bien.
 
La historia era sencilla: acabado el almuerzo, Gerardo vino a invitarle sus galletas, a pedirle que le invitara una de las suyas, hicieron un intercambio, algo no salió bien, dame mi galleta, te di la mía, dame la tuya... Y, de pronto: ¡toma! Monsieur Danielou tomó su espada y asestó un amago de tajo en el pecho de Monsieur Geragdó. Este no se quedó atrás. Hábilmente esquivó el lance, y con una ágil voltereta llegó hasta su sitio y cogió, a su vez, su espada. Lady Rosary, la bella doncella inglesa, volteó la mirada para presenciar aquel duelo de galantes mosqueteros, que si bien no se peleaban por ella ---sino por una galleta---, le daba más o menos el feeling.
 
¡Chas! ¡Chas!, las espadas volaban describiendo arcos, parábolas, rectas y vuelos de saeta. Los intrépidos luchadores no se daban tregua. Monsieur Danielou sacaba chispas de su espada con sus feroces ataques al enemigo; monsieur Geragdó pintaba el aire de colores con la danza que su capa febril dibujaba en el aire con galanura y belleza. ¡Qué agilidad! ¡Qué dominio! ¡Qué emoción! ¡¿Qué niño no ha jugado nunca con su regla escolar a los espadachines?! ¡Zas! ¡Clin! ¡Plas! ¡Chas! Monsieur Danielou esquivaba las feroces avanzadas de su adversario, respondía con redoblada furia. Mientras tanto, a un costado, Lady Rosary suspiraba...
 
¡PAF!
 
Dos niños de diez años quedaron frente a frente mirándose en silencio. Uno de ellos sostenía en su mano una regla de treinta centímetros; el otro sostenía una de 17,3... los otros 12,7 yacían en el suelo, agonizando. Durante un instante fue el silencio, las miradas perdidas, la sorpresa. Luego fue la confusión, el llanto. Daniel se arrojó en su carpeta, hundió la cara entre sus bracitos y rompió a llorar en silencio; Gerardo se quedó parado a unos metros, debatiéndose entre el orgullo del vencedor y el pasmo del cómplice de un delito. Rosario fue a buscar al profesor.
 
---Ahora mi abuelita me va a pegar.
 
Pegar  es el eufemismo que utilizan los niños peruanos para describir una carnicería doméstica. Pegar  es cualquier cosa: desde un simple manazo hasta una azotaína completa con arma blanca (cinturón). Cualquier cosa. Kike mira a Daniel en silencio, y luego mira a los demás niños. Todos voltean a la vez a ver su rostro: él es el profesor, él sabe qué hacer, él solucionará el problema.
 
---Sí, claro...
---¿Qué dijo, profesor?
---No, nada, Rosario.
 
Kike toma aire.
 
---Ya, Danielito, tranquilo. No fue tu culpa. Fue un accidente. A todos nos pasa alguna vez. Yo también rompí reglas jugando a los espadachines.
---¡Pero mi abuelita me va a pegar!
 
Ujummm... interesante, mi querido Watson. Kike tiene un atisbo de lucidez: el problema no parece estar en el estatuto epistemológico del suceso; el punto parece ser la reacción que sigue a la acción, la desproporción de la medida de la justicia humana y el absurdo de la arbitrariedad. O sea, a Daniel no le interesa cómo se rompió su regla; lo que le preocupa es que la abuelita lo va a sonar.
 
---No le voy a decir nada a mi abuelita.
 
¡Ah, no! ¡Eso sí que no! ¿Mentiras aquí? ¿Estamos planeando una? Se podían meter con cualquier cosa, pero no meterán a Kike como cómplice de una mentira. Había que hacer algo y pronto.
 
---Daniel, eso no está bien. Yo creo que lo mejor es que le cuentes a tu abuelita qué pasó.
 
¿Y qué puede tener de raro una abuelita? Kike la conocía: es verdad, era un poco antipática; pero no era para tanto. Además, era mejor ir con la verdad ---dolorosa pero cierta---, antes que complicar las cosas con una mentira.
 
---Lo mejor es que vayas de frente donde ella y le cuentes todo. Dile: «Abuelita, se me rompió mi regla», y le cuentas cómo pasó. Además, no te va a pegar, estoy seguro.
 
¡Claro que no le va a pegar! ¡Hombre, estamos en pleno siglo XX! Somos personas adultas y razonables. De seguro esa buena señora apreciará que el nietecito le cuente francamente qué pasó.
 
---¿Usted cree que no me pegue?
---De hecho, Daniel. Tranquilo. ---Aquí aprovechó para tomarle la cabeza con la mano. Estaba inspirado---. Es más, a tu abuelita le va a dar más gusto que le cuentes la verdad. Y ella sabrá comprender. Los adultos somos así: es mejor conversar las cosas, hablar con sinceridad, dialogar.
 
Al decir las últimas palabras le puso la otra mano en el hombro y le acarició la cabeza con solidaridad. Poquito nomás: no hay que abusar. Daniel se va calmando.
 
No hay nada que hacer, Kike: te anotaste mil puntos. Te acabas de graduar. No solo tranquilizaste al pequeño; además, le has enseñado a amar la verdad, a andarse con franqueza en la vida, y le has mostrado el valor que tienen la sensatez y el diálogo en lugar de la violencia y la irracionalidad. Nada mal, nada mal... Si te vieran tus profesoras de la facultad... ¡Y eso que tu especialidad es secundaria, y no estos enanos de primaria!
 
Daniel se calma. Kike le seca las lágrimas con su propio pañuelo, detalle romántico que lo llena de orgullo (vamos, no es nada). Los demás niños sonríen aliviados. Gerardo también: prestó muchísima atención a aquello de «fue un accidente». Él también dormirá tranquilo hoy y el fin de semana. Kike no deja de advertirlo, y al pasar a su lado le da un golpecito amistoso en la cabeza. Bien jugado. Dos pájaros de un tiro. Nota mental: «Anotar en la agenda: "Lunes: preguntarle a Daniel qué tal le fue con la abuela"». Sí, el último toque de psicología: siempre preguntarle a la persona qué tal va aquel asunto. Demostrar interés. Otro gol.
 
Kike regresa a su escritorio. Ahora sí, a sumergirse en Fedro, su lobo y su cordero: Ad rivum eundem lupus et agnus venerant...
 
[2]
 
Un lunes de julio, 1999. Ocho de la mañana. Salón de clases de cuarto grado de primaria. Cinco carpetas, pizarra, pupitre para el profesor y una puerta. Cinco niñitos comienzan a entrar uno por uno al salón. Saludan al profesor y van a ocupar sus carpetas. El profesor está ocupado pensando en qué oración inicial hará ese día. Hay que encender la vela de la Virgen. ¿Entonaremos un cantito? ¿Quiénes se pelearán ahora por tomar la caja de fósforos y encender la vela?
 
El último en entrar es Daniel. Entonces a Kike le llega a la mente un recuerdo súbito. Ni siquiera tuvo que mirar su agenda. Simplemente recuerda el tema pendiente, las lágrimas de cocodrilo, la regla, la venganza de la abuela...
 
Es hora de completar la labor: «preguntarle qué tal va ese asunto». Debería haber estudiado Psicología y no Educación.
 
Se acerca a Daniel con una gran sonrisa.
 
---Hola, Daniel. ¿Y qué tal te fue el viernes con tu abuelita? ¿Le contaste la verdad? ¿Le dijiste que se te rompió la regla? ---Kike sonreía como un bombero retirándose de un incendio entre los agradecimientos de los dueños de casa: «Ea, no fue nada; solo hice mi trabajo».
---¡Sí, le conté! ---dijo sonriendo feliz. Daniel tiene una sonrisa maravillosa y pícara. Siempre parece provocarte con su sonrisa, como diciendo «A ver, cuéntame un chiste que no me haga reír porque todos me hacen reír». Y era cierto: todo le hacía reír---. Sí le conté.
---¿Y qué pasó? ¿Cómo reaccionó? ¿Te pegó acaso?
 
Daniel sonrió mucho más todavía cuando respondió.
 
---¡Sí! ---y mostró esta vez todos los dientes.
---¡¿En verdad te pegó?! ---La sonrisa de bombero se le había hecho cenizas.
---¡Sí! ---Daniel sonreía más: parecía que iba a comerse las orejas.
 
Kike estaba perplejo. ¿Y la franqueza? ¿Y la justicia? ¿Y el diálogo? Se sintió repentinamente desnudo... sin su traje de bombero.
 
Pero Daniel no había terminado su relato.
 
---¡Profe, pero mi abuelita me compró una regla nueva! ---Parecía que estuviera relatando cómo se fue de viaje a Disneylandia en vez de cómo lo masacró la abuela.
---¿En verdad?
---¡Sí, aquí está!
 
Sacó de su mochila una regla grande, de treinta centimetros. Y al hacerlo sonrió todavía mucho más, si aún me creen que alguien puede sonreír tanto. Este chico debía de tener algún problema maxilar.
 
---Me compró esta regla. ---Con la misma emoción hubiera mostrado un lingote de oro. 
---Sí, ya veo. ¿Y no te dijo nada más?
---¡Sí! ¡Esta vez me dio permiso para romperla!
 
Kike tosió. ¿Había escuchado bien? La sonrisa del niño parecía no dar lugar a equívocos.
 
---¡¿Cómo?!
---¡Sí, me dio permiso para romperla! ---Sí, sí, lo decía sin dejar de sonreír.
---Pero ¿cómo así?
 
Entonces Daniel entornó los ojos con gesto de malignidad, y enseñando los dientes y poniendo la voz ronca, llena de amenaza y rencor, imitó la voz de su abuelita a la perfección:
 
---Es que me dijo: «¡Y vas a ver lo que te pasa si la rompes de nuevo! ¡Rómpela, nomás...!» ---y luego volvió a la normalidad y dejó salir su sonrisa nuevamente.
 
[***]
 
Siete años después, me sigue sorprendiendo cómo Daniel mantenía su inconmovible buen humor a pesar de la tremenda azotaína que le cayó aquel viernes. Y es que era cosa de verlo, fíjense: ¡el tipo estaba feliz! Feliz como siempre solía estar. Y no miento: su sonrisa te alegraba el día todos los días. Cómo es, ¿verdad?: en serio los niños son como algo nuevecito recién llegado al mundo. No tienen malicia: no la han aprendido. No tienen rencor: no lo han aprendido. Daniel, a pesar de la tremenda zurra, seguía siendo el mismo niño alegre y feliz, y seguía confiando en la autoridad de su abuelita. Y, bueno, claro: con una abuela así yo tampoco me hubiera atrevido a desconfiar.
 
Fuera de bromas, con razón el Señor nos pidió ser como niños: personas sin malicia, sin rencores, capaces de volver a confiar en los demás, de entregarse y de sonreír siempre.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Felix Nativitas Dei!



Si la más santa del mundo
se sorprende por esta maravilla,
que nos ha dado el Padre,
de su propio Hijo
hecho hijo nuestro,
de su propia carne
en nuestra carne;
si la más santa,
y la más buena,
y la más pura,
si Ellla,
aún se sorprende,
¿con qué derecho
te tomas esta fiesta
igual que las demás?


Anímate,
tómatela en serio,
dale un sentido
verdaderamente
religioso.
Piensa en la Encarnación,
en que Dios se hizo hombre
por ti;
en que el Padre
para salvar al esclavo
entregó al Hijo,
y verás cómo pasarás
por fin
una feliz Navidad.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Mi segundo intento de homicidio

(Porque ya tuve uno antes, eh).
 
---¡Sí, claro, Diego! ¡Dale nomás!---dije con un tono de voz como para que se me escuchara hasta Camerún, y con una sonrisa que apunté al sol para que se luzca y me brille el diente y todo. 
 
Es que, ¿cómo iba a decir otra cosa? Se llamaba F. (no confundir con FI... ejem, REPITO: NO CONFUNDIR), y me estaba mirando directamente cuando Dieguito terminó de subir el último peldaño de las escaleras y se dirigió a mí.
 
Aquel paseo ---hace más de diez años ya--- fue a Chaclacayo,  en las afueras de Lima, un distrito a medio camino entre rural y urbano, con clubes y paseos turísticos para descansar y comer rico: comida tradicional, caballitos, piscina, aire libre y todo lo demás. F. había venido con nosotros y los otros cuchucientos invitados de la parroquia, y si ahora no recuerdo exactamente cuántos éramos es porque no me interesaba: en esa época solo me interesaba F. y que hubiera venido con nosotros; lo demás era lastre, relleno, decorado; los demás eran extras, digamos, de una superproducción en la que los protagonistas... Y, bueno, creo que se entiende, ¿no? Todos los demás eran extras ese día, incluso Dieguito, por más cariño que le tuviera y que él me tuviera a mí. Porque me tenía cariño, eh. Yo era como que su amigo favorito por aquellos tiempos.
 
Por eso digo que hasta Dieguito era extra ese día, y no me importaba.
 
Hasta que se subió al tobogán.

El tobogán de la piscina no era como Dios manda. Al contrario, era familiar e inofensivo, digno de un club pequeño: ni muy alto ni muy empinado, apenas lo suficiente como para que alguien caiga sin que se ahogue. Pero cuando se tiene 7 años, se mide un metro y no se sabe nadar, puede ser mortal. Y Dieguito
tenía 7 años, medía un metro y no sabía nadar. 
 
Así que Dieguito era el candidato perfecto para la muerte, pero no tenía miedo. ¿Y saben por qué? Porque se subió sin pensar en otra cosa que en la diversión y la felicidad que veía en nosotors al hacer aquello de dejarse caer por el tobogán. No le importó que la piscina fuera para adultos, que tuviera dos metros de profundidad y que todos los demás niños estuvieran en la otra; él quería estar con nosotros, divertirse y ser feliz como le habían prometido al invitarlo. Así que sin más trámite subió los peldaños con una gran sonrisa y mucha determinación.

¿Una bestia Dieguito? No. Porque los niños a veces son irresponsables, pero nunca idiotas. Arriba de la escalera, mirando el horizonte y la sonrisa de todos allá abajo, con toda la autoridad de sus siete añitos me lanzó una mirada de fuego y me preguntó a quemarropa: «Kike, ¿me agarras?». Era todo lo que necesitaba para lanzarse a la aventura que lo superaba: la seguridad de que alguien lo iba a agarrar.
 
Ya se ve por dónde va la cosa, ¿cierto?
 
Yo entonces me mojé el cabello, puse los brazos en jarra y estiré una pierna, y tras asegurarme bien con el rabillo del ojo de que F. me miraba, apunté mi mejor sonrisa al sol para completar la paradita de Superman ---con brillo de diente y todo---, y respondí:
 
---¡Sí, claro, Diego! ¡Dale nomás!
 
Y no necesitó más.
 
Nunca se debería necesitar más que eso. «¿Tú me sostienes?, entonces yo me lanzo».
 
Y punto.
 
Y listo.
 
Y, ¡zas!, se lanzó Dieguito.
 
Y, ¡zas!, casi se ahogó Dieguito.
 
Porque yo, más que atenderlo a Dieguito, me quedé concentrado en la paradita de Superman, fijándome ya no con el rabillo del ojo si F. me miraba, sino volteando a verla con total descaro ---y con la sonrisa amplificada para que me brillara más el diente--- para ver si estaba atenta a mi obra de varonil hombría, de salvavidas canchero, de amigo de los niños y futuro buen padre, y de...y de... Y mientras lo hacía Dieguito volvió a ser extra. 
 
Por un momento pensé que mi sonrisa funcionaba, porque la vi reaccionar con los colores que se le subieron al rostro. «¡Bien ahí ---me dije---, avanzamos!» Pero cuando poco a poco vi que ese mismo rostro se desfiguraba, alcancé a vislumbrar por qué se le habían subido. Y cuando vi que comenzó a gritar ya no mirándome a mí sino a algún punto indeterminado bajo el agua, entendí todo:
 
---¡Sácalo, idiota! ¡Sácalo! ¡Se va a ahogar Dieguito!
 
La paradita de Superman se transformó en la de Ungenio González tratando de encontrar a un niño a medio ahogar debajo del agua. Metí mis manos como pude y por donde sea, a ver qué pescaba, mientras rogaba a Dios con todas mis fuerzas que Dieguito no se muriera. Pronto topé con algo bajo el agua; cerré mis manos alrededor de eso y jalé con todas mis fuerzas. Era Dieguito, que escupía agua y trataba de jalar todo el aire del mundo a sus pulmones. Lo levanté como pude y lo saqué de la piscina llevándolo sobre mí y esperando que su respiración agitada y tusígena se estabilizara. Y se debió de estabilizar muy bien, porque un segundo después ---con un alivio enorme--- lo oí a gritarme con todas sus fuerzas:
 
---¡¡Eres un imbécil!!
 
¿Hace falta decir que ni cuando salí de la piscina ---ni nunca más--- me atreví a volver a mirar a F.?
 
Fuera de bromas, Dieguito nunca había leído Mt 14, 22-33: no necesitaba hacerlo como nosotros los grandes: él es un niño y lo tiene incorporado. Somos nosotros quienes lo olvidamos y necesitamos catequesis, charlas y demás sandeces que podríamos evitar con simplemente ser más hombrecitos... como los niños.

jueves, 3 de diciembre de 2009

De príncipe a mendigo

Esta historia la recordé porque un amigo me la hizo recordar. Lo raro es que, uno, él no sabe que me la hizo recordar y, dos, aunque no lo sabe, sí tenía intención de hacérmelo recordar.
 
Ya, mucho floro.
 
Cuando ocurrió, ocurrió in illo tempore, o sea, en un tiempo remoto que vaya Dios a saber cuándo. Pero como fue lo que fue, ya nunca lo olvidé. Oséase: si hubiera sido otra cosa, ahora lo estaría contando como «Cierto día...», pero como fue precisamente esa  cosa, se quedó grabado en mi mente para siempre.
 
Por eso, y desde ahí, sé la fecha.
 
Ocurrió un 18 de diciembre. Fue un día de perros: empezó con una mañana de perros, siguió con una tarde de perros y todo parecía indicar que culminaría con una noche de perros. Todo hombre tiene un límite, y los que me conocen saben que lamentablemente el mío es muy bajito... una nadita... una ñizquita. A la FI le he prometido cambiar esa vaina, así que en esas andamos.
 
Pero ese 18 de diciembre yo todavía no conocía a FI. Si existíamos el uno para el otro, era apenas en una ruma de carpetas archivadas en la tarima de «Pendientes» de Dios. Y cada uno hacía su vida.
 
Yo la mía seguramente no la estaba haciendo tan bien, porque entre las cien cosas por hacer, las cien que ya había hecho y las cincuenta que debía volver a hacer porque había hecho mal; entre la gente que llamaba para preguntarme cosas, la que llamaba para quejarse, la que llamaba para importunar o para cualquier otra cosa, despachaba bilis a derecha e izquierda. Y lo que quedaba del día parecía prometer más.
 
Entonces suena el celular... una vez más. Interrumpí la atención que le prestaba a una persona para contestar.
 
---¡¡ALÓ!!
 
En mi país se suele responder el teléfono con ese «Aló» pero con tonito de pregunta, como invitando al otro a tener confianza y lanzar lo que necesite sin remilgos. Pero ese día yo no lo tonitopregunté; lo ladré.
 
---¡Aló! ---ladré de nuevo. Me incomodaba que al otro lado de la línea nadie dijera nada. ¿Un bromista? En seguida vería lo que es bueno.
---¿Aló? ¿Hijito?
 
Era mi mamá.
 
Nadie se equivoque: quiero mucho a mi madre. Pero ese día no era el ideal para una llamada, ¿vio? En serio tenía mil cosas que hacer y atender, y me estaba poniendo muy nervioso.
 
---Sí, mamá, hola.
---¿Aló?
---Sí, mamá, hola.
---¿Aló?
 
Renegón, asadazo, caliente  son palabras que se usan en mi país para describir grados cualitativamente diversos de furia. Y si hay algo que me hace renegar más, me asa más o me calienta más que una mañana de perros con su tarde de perros y su promesa de noche de perros, es una mañana de perros con su tarde de perros y su promesa de noche de perros con llamadas al celular llenas de interferencias telefónicas.
 
---¿Mamá? ¿Me escuchas?
---¿Aló?
---¿Mamá?
---Hola, hijito, ¿me escuchas?
 
Sí la escuchaba, pero ella no a mí. Decidí colgar.
 
---Mamá, ¿sabes qué?, no te escucho bien. Estoy bien ocupado, mejor hablamos en la casa, ¿ya? Chao...
---Ya, hijito, ahora sí te escucho. ¿Me decías?
 
Genial, ahora a empezar todo de nuevo.
 
---Sí, mamá, mira, te decía que mejor hablamos...
---Ya, hijito, estás ocupado. No, no quería interrumpirte. Solo llamaba para saludarte y desearte feliz día.
 
¡¿Para eso me llamaba?!
 
---¡¿Para eso me llamabas?!
---Sí, hijito, nada más: feliz día: ¡feliz aniversario!
 
Entonces sentí ese frío por el espinazo... sí, aquel... lo han sentido, ¿no?
 
---¿Aniversario?
---Sí, hijo, feliz aniversario.
 
Los perros de mi día dejaron de ladrar; las nubes dejaron de oscurecerse y todo se quedó en suspenso un segundo. ¿Aniversario de qué? Mi cumpleaños ya había pasado en setiembre; mi boda todavía no se había realizado porque no había con quién y el aniversario de matrimonio de mis padres era recién al día siguiente (y en ese caso, era a mí a quien le tocaba llamar para felicitar).
 
---¿Aniversario de qué, mamá? ---dije en un nuevo arranque de falta de paciencia. No vaya a ser una excentricidad de mi mamá que se le ocurrió quizá llamar por cualquier...
---Es que un día como hoy te bautizamos.
 
¿Han visto un iceberg? Seguro que sí. ¿Alguna vez se han sentido como uno? Seguro que también. Pero ¿cómo un iceberg humillado?
 
---...
---Sí, hijito, hace mrsssmrss años que te bautizamos, tu papá y yo. Un día como hoy naciste para el Cielo. Feliz día.
 
Yo creo que existen los ángeles de la guarda, y no por teología o porque lo haya leído en un libro, sino porque ese día fue el mío el que me retuvo de no tirarme por un acantilado e incluso le alcanzó a decir «Gracias» a mi mamá en vez de mí, porque la voz se me había hecho un nudo en la garganta.
 
Fuera de bromas, bendito sea el día del nacimiento para el Cielo, el día en que, como dice mi amigo, pasamos de ser mendigos a ser príncipes. Claro, nunca faltamos los que lo estropeamos con nuestra soberbia y ombliguez, los que nos creemos que somos el centro del universo y no Dios, al punto que nuestras cuatro cosas que hacer por día nos tapan la vista de la eternidad, y nos devuelven ---heridos--- de príncipes en mendigos. Bendito sea Dios que nos tira el salvavidas para recordar la verdad.

lunes, 16 de noviembre de 2009

De una villa a un pincel

Esta noticia tiene atraso. Tiene nueve meses de atraso.

No, la damita de la trastienda no está embarazada. No me refiero a ese tipo de atraso ni tampoco por eso es lo de los nueve meses.

Malpensados.

Hace nueve meses que he mudado. Ahora vivo aquí.


Pasé de una Tres Veces Coronada Villa a una novia hecha pincel; pasé del centro al sur, de la plana y desértica costa y aquellos "arenales candentes y extraños" a la pampa ubérrima, el nevado imponente y el frío de machos; pasé de las garúas irrisorias a las lluvias dendeveras y los ríos profundos; del gris panza de burro del cielo limeño al sol eterno de la Ciudad Blanca.

Desde marzo de este año me mudé por aquí, al pie del volcán, para trabajar en lo mismo de siempre pero con otros aires. Y conmigo se mudaron mis esperanzas, mis sueños, mis alegrías, dones y talentos, amén de mis carencias, mis nostalgias, la falta que me hacen mi familia y mis amigos, y mis muchos defectos. Pero como conmigo siempre se muda el Cristo del altar de Don Camilo, tonces no me preocupo nada y tiro pa'lante, eso sí, con toda la fuerza de mi cuello para jalar el yugo.

Ah, porque hay otra noticia, con mucho atraso también: dentro de pronto no llevaré el yugo solo. El yugo de este flaco se transformará en yugo para yunta. Porque el otro día encontré a la damita de la trastienda con la guardia baja y, ¡zas!, le zampé un diamante en el anular izquierdo, y le hice prometer que en mayo buscaríamos a un cura para que dijera "Sí" (la damita, no el cura).

Así que es una razón más para darle las gracias a esta ciudad. Aquí me casaré, aquí tendré mis hijos, y quizá aquí moriré; solo Dios lo sabe. Serán ellos, mis hijos, quienes me enseñarán el significado de esa hermosa frase que vi por aquí grabada en unos arcos hermosos y elocuentes (algunos más que otros): "No se nace en vano al pie de un volcán". Por lo pronto, y antes de descubrir qué pasaría si el volcán... ejem... por lo pronto, digo, voy cumpliendo lo que Él quiere (Dios, no el volcán).

Por cierto, si bien llevo ya nueve meses aquí, aún sigo siendo el nuevito del barrio. Cada tanto, por decir algo, me ocurre algo muy parecido a lo que les ocurrió a estos jovencitos.

Pero no es lo usual, que en esta tierra hay gente muy linda, la mayoría (además, aquí no venden Horlikcs).

Fuera de bromas, me encanta esta nueva aventura. Veremos qué es lo que Dios quiere y seguiremos reportando.

martes, 10 de noviembre de 2009

«Ay, amor de hombre...» III

Y, bueno, ¿en qué nos quedamos? Ah, sí, en que por pura amistad, y para ayudarme a desfaçer un entuerto con FI, la damita de la trastienda, el amigo A. tuvo que sacrificar de un plumazo la reputación que con trabajo duro y honesto construyó todos estos años. Si no se acuerda, lo ven aquí y aquí.
 
Pero la cosa no quedó ahí.
 
Porque dije que estábamos a 6 ó 7 de algo, octubre o noviembre, no recuerdo, y desde cierto punto de vista ahí estuvo el problema.
 
Llegamos con las flores, globitos y dulces al departamento de mi amada. Eran las 00:30, oficialmente ya era nuestro aniversario. El amigo A. detuvo el auto y apagó las luces.
 
---Anda, sube; después vienes y te pego un aventón a la avenida para que tomes un taxi a tu casa. 
---Gracias, doctor.
---Yo me quedo aquí abajo todo el rato por si acaso.
---¿Por si acaso? ---le pregunté.
 
Me miró con toda la seriedad del mundo.
 
---Oye, estás a punto de entrar al departamento de FI, solo y en plena madrugada. Como no te quiero ver criar hijos antes de tiempo, yo me quedo aquí: tú subes, le entregas los regalos y le pides perdón, y si en cinco minutos no estás de nuevo en el auto, subo y te saco a patadas.
 
Entendí. Si en el mundo hubiera más amigos como A., no habría abortos, se lo aseguro. El cura de mi pueblo decía que mucha vaina era esto de hablar tanto de la píldora del día siguiente, que en vez de eso deberíamos hablar del día anterior. El amigo A. lo tenía claro.
 
De todos modos, aunque aquella noche hubiera querido hacer algo con FI, tampoco hubiera podido. Porque su vecina de departamento era nada menos que la novia del propio A. Guapa chica de un país del norte, bonita por dentro y por fuera, durante unas cortas vacaciones en nuestro país tuvo que ser llevada de emergencia a un hospital cuando una flecha disparada por un antiguo dios romano le traspasó el corazón. El médico que la atendió le dijo que ya no había nada que hacer, que se había enamorado sin remedio, y que el tratamiento apenas si podía ser paliativo: algunas atenciones todo el tiempo y tratar al paciente con amor. Ella eligió a su enfermero peruano y lo contrató de por vida para el servicio. Y lo hizo con tan buena fortuna, que poco más de un año después logró que el enfermero, además de haberle traspasado el corazón con la flecha le pusiera un anillo en el dedo para siempre. Y desde entonces son los pacientes más felices de la tierra.
 
En aquella época, M. ---así se llama la novia de A.--- vivía justo en el departamento de al lado de la damita de la trastienda. Felicidad enorme para mí: la novia de mi mejor amigo vivía al lado de mi novia. De hecho, se hicieron grandes amigas. La cosa es que cuando llegué al departamento, en plena medianoche, con todo a oscuras y hecho un manojo de nervios, la cosa no resultó tan sencilla como en la tele.
 
Comencé a tocar la puerta de FI lo más despacito que podía para no despertar a los vecinos; usé mis dedos:
 
---Tap, tap, tap.
 
No noté ningún cambio en el ambiente, así que al más puro estilo de instrucciones de frasco de shampoo, repetí la operación hasta obtener los resultados deseados.
 
---Tap, tap, tap....
---Tap, tap, tap, tap...
---Tap, tap, tap, tap, tap...
 
Descubrí que los frascos shampoo son una estafa: no dicen nada de qué pasa cuando se obtienen resultados no deseados. Porque luego de la cuarta andanada de taps, vi con horror que las luces de los departamentos vecinos comenzaban a encenderse. Miré en derredor y comencé a buscar un sitio para esconderme antes de que sea...
 
---¿Kike?
 
...demasiado tarde.
 
La novia de A. se acababa de despertar, encendía la luz de su habitación y se asomaba a la puerta.
 
---Kike, ¿eres tú?
---Esteemm...
 
Con la vergüenza hecha una bola roja en la cara, me atraganté con frases sobre sorpresa, aniversario con FI, el auto de A. y muchas disculpas. Debió de funcionar, porque luego de una sonrisa, M. volvió a cerrar la puerta y a apagar las luces.
 
Entonces se abrió la puerta del departamento de FI. Unos ojos chinos de sueño se asomaban sobre un rostro pálido y con marcas de sábanas aún frescas. FI tenía los cabellos revueltos y la boca arrugada, casi tanto como la ropa que usaba como pijama. Aun así estaba preciosa.
 
---¡Sorpresa! ---grité en voz baja... sí, cuando estás enamorado se puede gritar en voz baja: los físicos deberían estudiar eso.
---Ven acá, sonso.
 
FI me jaló del brazo y me metió a su casa. Dejamos la puerta entreabierta para que a nadie le entrara la sospecha de que estábamos haciendo cochinadas.
 
---Sorpresa, mi amor: ¡feliz aniversario! ---dije con mi mejor sonrisa---. He venido a darte esto para sorprenderte y también para decirte que lo siento mucho.
 
Le alcancé las flores, el globito y los dulces, lleno de ilusión. Los recibió y una sonrisa se dibujó en su rostro. Era una sonrisa tímida y dubitativa, conmovida pero condescendiente: "No le pidas mucho ---pensé---, recuerda que está molesta".
 
---Perdóname por lo que pasó... ---empecé.
---Sí, Kike, pero...
---Pero nada. Sé que es tarde, pero quisiera que vieras que estoy arrepentido y que...
---Amor...
---Sí, sí, lo sé, quieres descansar; pero escúchame un momento. Anda, dame una sonrisita, prométeme que lo conversaremos mañana para arreglar las cosas y...
---Sí, conversemos mañana, por favor... ---dijo con un hilo de voz.
---...y alegrémonos por nuestro aniversario. ¡Te quiero mu...!
 
Y entonces no pudo más y lo dijo sin asco:
 
---Amor, es que nuestro aniversario es mañana.
 
Yo repasé mentalmente la fecha, que es algo que me cuesta muchísimo, y con las justas repliqué:
 
---Pero, linda, ¿no es hoy día seis? ¡Ya es de madrugada, ya es seis! ---anuncié con gracia, a lo mejor como se acababa de despertar, y de puro despistada...
---No, Kikito: nuestro aniversario es el siete.
 
¿Ya me comprenden mejor ahora? Por eso decía que estábamos a 6 ó 7 de algo, octubre o noviembre, no recuerdo bien... ¡y ahí estuvo el problema!
 
Fuera de bromas, este post es un canto a la amistad, en particular para mi amigo A. Y si bien se merece algo mucho mejor por lo bueno que ha sido conmigo estos años, yo, que no soy capaz de hacer nada mejor, a lo mucho me propuse tan solo escribir esto de aquí y retribuirle con mi propia vida tantos favores.
 
Qué hermosa es la amistad cristiana. ¿Qué tiene de diferente con algún otro tipo de amistad? Nada, digo del modo más irónico posible: tan solo que el Fundador del club dijo que para ser miembro había que dar la vida por los amigos, y eso es la garantía más grande de felicidad aquí, sobre la tierra, y luego, en el Cielo, la vida eterna. No hay delicia más grande, y quiero me he propuesto dedicar toda mi vida a comprobarlo.

lunes, 13 de abril de 2009

Surrexit pastor bonus!



La ecuación es sencilla:
si es todopoderoso para resucitar,
tiene
el poder para arreglar
cualquier entuerto
para enderezar
cualquier vida,
para solucionar
cualquier problema,
para hacer feliz
a cualquier persona.
¿No será hora
de hacer la prueba?


Como dicen
esas pícaras letritas
ahí debajo:
«La muerte ha sido devorada
en la victoria». (I Cor 15, 54)
Feliz Pascua de Resurrección
en el Resucitado.

martes, 7 de abril de 2009

«Ay, amor de hombre...» II

En el capítulo anterior hablé de A., que es tan mejor amigo, que aun siendo medianoche me ayudó a ejecutar un plan para arreglar el enfadón que yo solito le había regalado a la damita de la trastienda unas horas antes. Mi plan implicaba flores, un regalo, su globito y demás cosas de esa guisa, así como aparecerse por su departamento a esa hora. Todo bonito... bonito y peligroso. Porque todo eso suena lindo en el papel, romántico y toda la cosa, pero ya dije antes por aquí que la realidad (la vida, la realidad que se nos muestra ante los ojos) es una mujercita caprichosa, y debe de ser también una mujercita bastante triste porque de romanticismo no entiende nada.
 
A esa hora, los únicos minimarkets abiertos en la ciudad de Lima son los de las estaciones de servicio, así que ahí nos dirijimos.
 
[NOTA DE LA REDACCIÓN: Dado el nivel de engorro de la presente historia, nadie en la redacción de Fuera de Bromas quiso comprometerse en escribirla. Para solucionar el problema nos hicimos del video de seguridad del establecimiento donde ocurrieron los hechos. Para ello solicitamos acceso a la cámara de seguridad con las debidas acreditaciones. Pero la cámara de seguridad dijo que a ella no la accesaba nadie, y que nos fuéramos todos a accesar a nuestras abuelas, junto con otra serie de recomendaciones. Más bien dijo que si queríamos algo de ella teníamos que dejarla dar su testimonio. Y a ese acuerdo llegamos: la cámara aceptó colaborar mediante un testimonio dictado a un miembro del FBI, que había acudido también a investigar el caso (sí, en serio). Y ese testimonio, el de la cámara, es el que aquí transcribimos tal como lo recogimos de la grabación del FBI. Así que cualquier responsabilidad, etc., etc.].
 
Testimonio A-24093-2008.11.XX
 
---Cuéntenos lo que vio por favor.
---Dos hombres más o menos bajitos ---uno flaco, flaco, flaco hasta los huesos, y el otro, un poco más panzón--- entraron a eso de la medianoche en la estación de servicio. Se bajaron de un auto blanco y entraron juntos al minimárket.
---¿Juntos?
---Sí, juntos. De frente se fueron a la sección de comestibles y comenzaron a buscar algo. Yo de inmediato tuve mis sospechas, ¿vio? Porque, ¿qué suelen buscar dos tipos a esa hora en un grifo?: una cerveza helada, unos cigarros, un sánguche, unos condones... Pero estos no; los dos se van de frente a buscar en la parte de dulcecitos... ¡y dulcecitos feminoides, para colmo!: un chocolate, un caramelito, una paleta. ¡Puaj! «Ah, no ---me dije---: aquí hay algo raro».
---Siga. ¿Y qué pasó?
---Entonces uno de ellos le dice al otro: «¡Aquí está!», y le enseñó un objeto.
---¿Pudo distinguir qué era?
---Era un paquete de dulcecitos de mazapán en forma de frutas: había un platanito, una mandarina, una manzanita... Yo vi que el otro asentía emocionado, contento y todo. Y, ejem, empecé a confirmar mis sospechas, ¿sabe?
---Limítese a contar lo que vio.
---Bueno, bueno. Lo que pasó luego fue que ambos se juntaron y conversaron un rato. Yo no sé qué estarían buscando en concreto, pero parece que lo de los mazapancitos no era suficiente.
---¿Suficiente para qué?
---¡Yo no lo sé, ya se lo dije! Solo veo que después se van a la sección de las flores.
---¿Flores a esa hora?
---Y, bueno, hay algunas que están todavía vivas y se venden. Los dos van y se ven bien interesados: revisan las flores, las miran, las huelen...
---¿Había alguien más con ellos?
---No, pero al fondo de la tienda, un cliente que los había estado observando desde que entraron comenzó a levantar una ceja sospechosa.
---¿Y dijeron algo?
---«¿Te gusta esta?», preguntó el panzón sonriendo, y el flaco se puso a chillar: «¡Sí, sí está excelente!». Y mientras decían eso, el cliente que comenzó a mirarlos levantó levantó la otra ceja también. Y frente a él, una señora que revisaba el pan de molde también comenzó a mirar a los hombres con la flor y los mazapancitos, y arrugó un poquito la nariz.
---¿Y qué pasó luego?
---Bueno, de ahí los dos se fueron a la caja registradora.
---¿El señor y la señora?
---No sea idiota...
---¿Perdón?
---Quiero decir, no, pues, señor: los dos hombres. Ellos fueron a la caja registradora.
---¿Para qué?
---¡Para pagar, pues! El que llevaba la flor en la mano sacó una tarjeta de crédito y pagó todo. Apenas canceló la flor, se la dio al más flaco diciendo: «Toma».
---¿De veras?
---¡Se lo juro! El hombre de las cejas levantadas y la mujer del pan cambiaron miradas cómplices, y hasta una pareja de novios que estaba por ahí se acercó de la mano, y los cuatro comenzaron a cuchichear haciendo muecas de asco.
---¿Y qué pasó después?
---«¡Gracias!», gritó el más flaco. Y a mí me subieron los colores al rostro, ¿vio? Sí, sí, ya sé que soy una cámara de seguridad, pero de verdad se me subieron, no me mire así.
---Prosiga.
---La cosa es que cuando ambos estaban a punto de salir, uno le dice algo al otro, al oído, para colmo. Yo no sé, pero todos los que miraban estaban como hipnotizados mirándolos. Hasta el cajero, oiga, cuando el flaco y el panzón le pagaron y se estaban yendo, disimuladamente soltó una risita disforzada...
---¿Risita disforzada?
---Imitando a algo intermedio entre un bailarín, un coreógrafo y un peluquero.
---¿Qué pasó después?
---El flaco chilló «¡Excelente idea! ¡Súper romántica!». Apenas dijo eso yo vi que todos los hombres que miraban hicieron un gesto de dolor ajeno, como una mueca de desgarro...
---¿De qué? 
---Más o menos como cuando en un partido de fútbol a un jugador le revienta un pelotazo en los testículos.
---¡Ouch!
---Sí.
---Ejem. Continúe.
---Bueno. Los dos fueron después a la sección de globos. Y no va a adivinar...
---Por favor, limítese a relatar...
---Sí, sí, ya sé, ya sé. Es que cuando fueron a los globos, no me va a creer, pero es que no fueron a ver los globos normales, sino que de frente se fueron a buscar los que tenían forma de corazón...
---¡Uy!
---¿Cómo?
---Ejem.
---Sí, fueron donde los globitos esos. El grupito de mirones ya había crecido porque se había sumado ahora uno de los mecánicos que despachan gasolina, que abrió los ojos como platos cuando vio todo el asunto.
---¿Y?
---Y pasó que se comenzaron a consultar y a cuchichear, porque parecía que no encontraban lo que buscaban. Y, bueno, yo en un momento me distraje.
---¿Cuánto tiempo?
---No mucho, pero cuando volví a ver, uno de ellos ya iba camino al mostrador con un globo en la mano.
---¿Vio cómo era?
---Rosado con forma de dos corazones abrazándose...
---Ay, no...
---Sí, y uno de ellos tenía una carita sonriente; el otro tenía una con los ojos cerrados, así como arrobada.
---Aj.
---Sí, lo mismo dije.
---¿Y la gente reaccionó?
---Toda la gente contenía la respiración. Pero ¿sabe qué? Esta vez pasó algo raro.
---¿Qué?
---Esta vez cuando iban a la caja registradora, el más flaco de pronto se frenó en seco y le pasó la voz al otro. Y repentinamente todo estaba en silencio. El flaco comenzó a mirar alrededor entre nervioso y preocupado. Por supuesto, comprobó que nadie los estaba mirando.
---¿Nadie? ¿Y la gente?
---Y, bueno, cuando el flaco miró, solo vio a un grupito de clientes con un mecánico al otro lado de la tienda, todos extrañamente concentrados en leer la lista de ingredientes de un frasco de mermelada para diabéticos. Pero parece que eso no le llamó la atención. Porque la cosa es que solo se inclinó al oído de su amigo y le dijo algo en voz baja.
---¿Qué le dijo?
---Y, yo no sé. Pero seguro que fue algo grueso porque el otro abrió mucho los ojos y comenzó a asentir como preocupado. Y después de hacer la misma revisión del lugar que el flaco hizo un ratito antes, puso cara bien seria, carraspéo, se acomodó la corbata y caminando a la caja como peleador de cachascán o camionero de carretera, pagó y se fue sin decir nada, rapidísimo, detrás del flaco, que ya estaba sentado en el carro y tapándose disimuladamente la cara con las manos.
---¿Y qué fue lo que se hábían dicho al oído?
---Y, yo no lo sé, señor, ni tampoco se lo puedo decir. Yo respeto todas las opcio... Hey, oiga, suélteme, no se ponga así. Yo soy solo una cámara de seguridad, de esas que ve todo en blanco y negro y no escucha nada. Pero estoy seguro de que si le preguntasen al cajero de la tienda... ¡Ay, suélteme, le digo! ¿Qué le pasa? ¡Hey, ¿de dónde salió ese tipo grandote con esa cachiporra?! ¡¡Suéltenme, le digo!! ¡Oiga, yo no...! ¡Nooo!
 
[NOTA DE LA REDACCIÓN: Aquí la grabación se interrumpe un momento y parece reanudarse 5 minutos después].
 
---¡Ya, está bien, está bien, pero que se detenga, que se detenga!
---¡Dinos qué dijeron, cámara!
---¡Está bien, está bien! Oí que uno le dijo al otro algo así:
«---Oye, A....
»---¿Qué pasa?
»---Tengo una sospecha.
»---¿Sí?
»---Creo que nos hemos visto regays, hermano...».
 
(Tu bi continiu).

martes, 10 de febrero de 2009

Requiescat in pacem, Tobias

Interrumpimos nuestra programación para dar una noticia de último minuto. Bueno, en realidad, una noticia de hace 3600 minutos. Después de 17 años de servicios a la vida, Tobías Gordillo pasó de este mundo al otro, y ahora juega en el Cielo y le lame las barbas al viejo y buen Dios.

Después de 17 años de vida activísima y de fregar la pita por aquí y por allá, la pregunta no es por qué murió Toby, sino por qué no se había muerto todavía.

Fuera de bromas, la razón de lo primero es bastante simple, en realidad: su desgastado corazoncito, diseñado para resistir unos 12 ó 13 años, aguantó 17 sin cansarse ni un segundo, tan solo al final; ya era hora, más bien, de pasar al modo stand-by.

La razón de por qué no se moría, esa sí no la puedo responder.

Tal vez lo hacía porque se daba cuenta de que aún necesitábamos de su compañía. Tal vez lo hacía le gustaba tanto estar con nosotros, que no veía razón para irse. Para mí, tuvo la delicadeza de morirse antes de que yo abandonara el nido para volar al sur en busca de nuevos pastos. Lo único que me brota ahora es la tranquilidad de que ya descansa en paz.

Ahora en el jardín de mi casa que tanto le gustaba, hay una nueva flor que marca el lugar donde desde ayer Toby duerme para siempre; no hay caso, él que siempre se orinaba encima de ellas, ahora no tiene más remedio que verlas crecer desde abajo. Pero desde arriba también, porque yo no sé del estatuto teológico de los animales, ni tampoco he leído sobre los novísimos de los perros (que nadie me critique por aquí por eso), pero tengo la ilusión de que al llegar al Cielo, el viejo Toby me reciba ladrando y moviendo la cola, y sonriéndome feliz para siempre. Al menos, tengo derecho a creer en mis ilusiones de vez en cuando.

Quiero terminar con un pasaje extraído del cuento de un viejo amigo. Recuerdo que me contó que lo envió a un concurso y lo estuvo preparando durante semanas, pidiendo opiniones, haciéndolo y rehaciéndolo, corrigiendo y borrando... y que a último momento se le ocurrió se hacer otro también, que escribió de una sentada y en media hora. Cosas de la vida, este último cuento suyo ganó el primer lugar, mientras que el que pongo aquí alcanzó solo una mención honrosa: cosas de la vida y de Dios, que a veces nos cambia los planes. Toby no iba a ser nuestro perro: en la caja en la que estaban él y sus hermanos, aún no sabemos qué nos hizo escoger a aquel negrito de pecho blanco en vez de alguno de los otros tres.

«[...] yo ya no lo escucho porque estoy llorando... llorando de alegría porque tú, querido amigo, tú estás en el cielo y algún día yo iré allá a ladrarte y lanzarme a tu cuello para lamerte la barba, cojo y todo brincaré entre las nubes moviendo la cola, mordiendo el aire perfumado y me echaré a tus pies para escucharte hablar de Dios y de la Virgen y de los santos... y sabré que la alegría ya nadie los la podrá quitar».(*)

Toby (1992-2009)

(*) José Manuel Rodríguez. «El doce es fiesta, monseñor». En: Comisión Episcopal de Apostolado Laical. Quinto centenario de la llegada de la fe al continente americano. Tercer concurso de cuentos. Lima: 1992, 61-66.

miércoles, 4 de febrero de 2009

«Ay, amor de hombre...» I

«Nadie tiene mayor amor
que el que da su vida por sus amigos».
Jn 15, 13
 
Cuando las circunstancias le propusieron a A. convertirse en uno de mis mejores amigos, seguramente se imaginó que tendría que dar la vida por mí en mayor o menor medida, lentamente o de porrazo, como Dios manda. Lo imaginó y le pareció bien. Pero lo que no leyó en las letras chiquitas del contrato es que algún día también tendría que sacrificar su reputación y poner en tela de juicio su estatus sexual... y ese es otro precio.
 
Estamos a 6 ó 7 de algo, que puede ser octubre o noviembre, no recuerdo (y ese, precisamente, es el problema: que no recuerdo). Eran las once y pico de la noche y salíamos con él de una reunión de trabajo... ah, mirá vos, justo era una reunión de la Caja del Amor. El buen A. se ofreció a llevarme en su auto hasta un punto más cercano a mi casa.
 
---¿Ya estás más tranquilo? ---me soltó apenas nos pusimos en marcha.
 
Eso fue porque aquel día mis principales preocupaciones no estaban por el lado de la Caja del Amor. Uno es de carne y hueso, ¿vio?, y por más solidaridad que reclame el mundo, cuando uno tiene un hueco en el corazón, lo tiene y punto. Y yo lo tenía.
 
---¿La verdad, la verdad? ---pregunté a mi vez.
---Sí.
---No.
 
Mi hueco tenía nombre, y se llamaba FI. Ese día la linda damita de la trastienda y yo habíamos discutido (no me miren así: sucede en las mejores parejas). Y como uno no es bruto gratis, la culpa había sido toda mía. Los hombres suelen ser un poco toscos, bruscos y bestias en el trato, y yo lo que tengo es que a mí mi mamá me parió bien hombre. Así que dos más dos son cuatro, y ese día a FI le tocó comprobar toda la suma.
 
---Anda, tranquilo ---me calmaba A.---. Ya mañana se le pasará y le pedirás disculpas.
---No, no es eso... lo que pasa es que... estoy cocinando algo.
 
Y ese fue el principio del fin. O el fin del principio, depende de cómo se vea.
 
Comencé a explicar mi plan.
 
---Mañana es nuestro aniversario. ---Me sentía como John Hannibal Smith, pero sin el puro en la boca.
---¿Mañana mismo?
---Bueno, en realidad en unos diez minutos.
 
Eran las 11:50.
 
---¿Y entonces...?
---Estoy pensando que si le compro un gran ramo de flores o algo así, y me aparezco en su departamento ahora mismo, se va a caer de espaldas del gusto y verá que lo siento en serio.
 
Entre las muchas cosas que tenemos en común, A. comparte conmigo ese romanticismo empedernido del que canta el Jerry Rivera que igualmente detestamos. Así que la emoción por la idea y el análisis de costo-beneficio fueron una sola cosa para él: un minuto después ya estaba dando la vuelta al auto y sonriendo con complicidad.
 
---¡Excelente, hermano! ¡Vamos, yo te llevo!
 
¿No digo que es buen amigo?: ¿quién lo acompaña a uno a la medianoche a comprarle regalos a la novia; quién se preocupa más que uno por que se arreglen las cosas con ella luego de una barrabasada de campeonato?; ¿quién lo lleva a uno en su propio auto para eso sin pedir nada a cambio?; y, por si fuera poco, ¿quién le presta el dinero a uno para para todo el asunto? Porque ese día por ser 6 ó 7 ---que ya dije que no recuerdo, y ese es el problema---, este huerfanito aún no había cobrado su exiguo sueldo de profesor, por lo que estaba más pobre que el guardarropa de Tarzán. 
 
No, si no hay nada que hacer: el amigo A. se portó fenomenal.
 
Y desde cierto punto de vista, ahí estuvo el problema.
 
(Tu bi continiu).