---¡¿Quién rayos es Olguita?! ---fulminé a mis compañeros como si ellos tuvieran la culpa.
Con caras de extrañeza que eran para filmarlas, A. y J. se miraron un instante. Pero no mucho: luego se volvieron a verme para seguir divirtiéndose; total, esto apenas comenzaba. Debí cobrarles entrada.
---¿Joven? ¿Está ahí?
---Sí, señora. Usted es la mamá de Olguita.
---Sí, joven.
---...
---Ay, joven, qué bueno que lo encuentro. Es que quiero hacerle una consulta, joven.
---Mmsssí, dígame...
---Joven, ¿puede Olguita ir hoy a su confirmación con un vestido negro, joven? ¿Hay problema con eso, joven?
¡Vaya, lo que faltaba: dilemas existenciales de última hora!
Se lo conté a A. y a J. Casi se atragantan entre bocados de tallarines y carcajadas. No, ninguno de ellos quería estar en mi lugar. No, ninguno sabía si había problemas en que Olguita usara un vestido negro.
---Ehhh... señora...
---Mire, joven, lo que pasa es que Olguita quiere usar el vestido negro, joven...
---Entiendo, señora, mire...
---... y yo no sé, joven...
---...sí, señora, mire...
---...no sé si debe usarlo. Yo le digo que use el blanco, joven...
---Sí, señora... Ehhh... ---¿Había oído bien?--- ¿Tiene un vestido de color blanco?
---Sí, joven.
¡Jo!, ¿y para eso me molestaban el almuerzo?
---Bueno, señora. Entonces no se haga problemas: que use el blanco.
---Bueno, no es blanco, joven; es perla...
A. y J. estaban que no podían más de la risa. En cualquier momento se caerían al suelo con platos y todo.
---Bueno, señora, blanco o perla no importa: que use ese.
---Sí, pero Olguita quiere el negro, joven...
Esto empezaba a rebasar mis límites. Si la señora decía "joven" una vez más...
---Mire, señora, entonces no nos hagamos problemas. Que use el negro...
---Sí, pero ¿estará bien, joven?
---¡No lo sé, pero que use algo!
---Es que, ¿sabe, joven...?
A. y J. ya habían dejado de comer. Por prudencia, ¿vio?, no fuera que se murieran de asfixia: el ser humano no puede reír y comer a la vez.
---Señora...
---No, es que, ¿sabe qué pasa, joven?
---Dígame, señora... ---suspiré.
---El vestido blanco de Olguita tiene un escote.
Ah, un momentito: eso era otra cosa. Por fin hablábamos claro.
---Perdón, señora, ¿cómo dice? ¿El vestido blanco tiene...?
---No es blanco. Es perla, joven...
---¿...el vestido perla tiene un escote?
El amigo A. desciende de chinos. Si normalmente los ojos no se le ven, ahora que se reía tanto juro que le habían desaparecido.
---Sí, joven, tiene un escote. Por eso yo le digo que vaya con el negro, joven, pero no sé si esté bien, joven.
---Mire, señora, hagamos algo: que se ponga el vestido negro y que...
---Pero es negro, joven...
---¡No importa!
---¿Perdón?
J. tuvo que salir de la habitación a respirar : con tanta risa se estaba ahogando.
Por mi parte, cambié de táctica y me puse dulce.
---Quise decir que no se preocupe, señora. Mire, dígale a Olguita de mi parte que puede usar el negro, que no hay ningún problema. Es mejor que use el vestido negro a que use el blanco...
---Perla...
---...el vestido que tiene escote. No es lo más apropiado.
---Bueno, joven, entonces está bien, joven. Muchas gracias, joven.
---De nada, señora.
Volví a terminar de almorzar mis tallarines fríos. Y lo hice solo, porque A. y J. habían ido a escupir todo lo que se habían atragantado entre las carcajadas y el llanto por tanta risa.
***
---Ya sé quién es Olguita ---sentí una mano en mi hombro y una voz en quedita al oído.
Son las 5:45 de la tarde. La confirmación está a punto de comenzar, en apenas quince minutos. Seguimos en las correrías de aquí para allá y de allá para acá. Yo con las justas pude tener tiempo para ponerme el terno* y estar listo. Ahora, faltando quince minutos, parecía que ya por fin teníamos todo bajo control.
Bueno, casi todo. El amigo A. se me acerca discretamente, se asegura de que nadie lo vea y me dice en secreto:
---Ya sé quién es Olguita.
Digamos que con todo lo que pasó en la mañana lo último que quiero es conocer a Olguita. No me muero de la curiosidad, y así se lo hago saber a A. con mucha amabilidad. Ehh... no puedo reproducir esas palabras aquí.
---Sí, ya sé ---insistió---. Pero tienes que verlo. Ahora entenderás lo del vestido. Te vas a morir.
Así que me dejé llevar por A. unos metros más allá, hasta la entrada de la capilla. Y entonces la vi. A Olguita, digo. Y también vi el vestido.
Como es obvio, querido lector, no me morí al ver lo que vi: le falló el horóscopo a mi amigo. Sin embargo, cuánto hubiera deseado que no le fallara. Porque lo que vi hizo que se me revolvieran las tripas de cólera, pero también que me ahogara de la risa. ¡Gracias a Dios que me reí, porque si no allí mismo hubiera corrido sangre!
¿Y qué cosa vi? Pues vi a la susodicha Olguita. Efectivamente, había venido enfundada en un largo vestido negro. Y el vestido negro ---hay que reconocerlo--- era elegante y no tenía ningún escote raro ni pervertido en el pecho. El problema estaba abajo. El problema era que el vestido negro de Olguita tenía una larguísima abertura en la pierna derecha, que le corría desde el tobillo hasta seguramente medio centímetro debajo de la ropa interior... si es que llevaba alguna, pues con una abertura tan larga y que mostraba tanto, a todos nos quedó la duda. Y ninguno de nosotros, por cierto, quería salir de ella.
Dios, ¿se imaginan cómo sería el vestido blanco? (...perdón: perla).
Fuera de bromas, ¡hombre!: las cosas de Dios y los lugares santos exigen un mínimo (un máximo, diría yo) de respeto. Démoselo, pues.
* Terno : típico vestido elegante masculino para ceremonias y ocasiones formales en el Perú. En otros países: traje.